domingo, 24 de octubre de 2010

El nuevo verosímil- La forma de las cosas

Una mujer menuda, tan blanca que daba impresión de moribunda, fantasmagórica, el pelo con permanente, pero con rulos descontrolados que creaban un efecto particular, haciendo que su cabeza pareciera aún más grande, recorrió balanceándose bruscamente el pasillo del vagón restaurante (a simple vista parecía haber salido hacía poco tiempo de un manicomio), y se acomodó en un asiento al lado de la ventanilla. Sacó un lápiz de su bolsillo, mas se limitó simplemente a rayonear el papel mientras esperaba que el camarero llegara a recibir su pedido, y dirigió una mirada miope, a través de la mesa, a un marine de mejillas coloradas y a una chica con la cara en forma de corazón. De un golpe de vista vio un anillo de oro que se perdía en el anular de la chica, por entre cientos de otros anillos de distintos colores y grosores que atiborraban el resto de sus dedos, de forma casi grotesca, y una cinta de tela roja enroscada en el pelo y decidió que era una chica ordinaria; mentalmente la etiquetó como esposa de guerra. Con una débil pero auténtica sonrisa la invitó a conversar. La chica sonrió a su vez, más por compromiso que por otra cosa, ya que se sintió bastante incómoda.

Ha tenido suerte de venir tan pronto porque está llenísimo. Desde que sirven estos platos tan deliciosos, el vagón se llena de gente, especialmente de soldados rusos, que arrasan con lo que haya cuando llegan, y no dejan comida para el resto de los comensales. ¡ Jopé , debería haberlos visto, parecían Boris Karloff, se lo juro!

La voz sonaba como el silbido de una tetera, aguda, irritante y hacía que la mujer carraspease.

- Sí, en serio-dijo-. Antes de este viaje nunca pensé que hubiese tantos en el mundo, soldados, me refiero. Si bien los he visto en películas de guerra y acción y todas esas cosas, nunca hubiera pensado que también estaban alrededor mío, que eran reales. Y es que desde que se emite por vía satelital, el reality show de donde salen llega a una gran cantidad de países que copian ese programa, creando más soldados.

- Yo creía que salían de oficinas de reclutamiento- dijo la chica, riéndose incómodamente y con vergüenza.

Su marido se ruborizó, disculpándose.

- ¿Va hasta el final del trayecto, señora?

- Se supone, pero este tren es lento como, como…

- ¡Una tortuga!- exclamó la chica y añadió, como apenada- me gustaría tener uno de esos relojes que acelera o atrasa el tiempo, dependiendo de las necesidades de cada uno, no? No me estaría perdiendo el último capítulo de Botineras, por ejemplo, pero bueno, no hay nada que se pueda hacer al respecto.

- Mmmm… yo tengo uno de esos relojes-contestó la mujer, y al ver como se iluminó el rostro de la joven, y como se hinchó su pecho con la esperanza de llegar a ver el final de la novela y además ver los comentarios de los actores, agregó- pero no tiene pilas.

Ante la decepción de la chica, decidió cambiar rápidamente de tema.

- ¿ Por dónde creen que estemos?¿ Podrá ser Carolina?

El hombre miró por la ventana, con un movimiento automático, y se quedó pensativo, mirando cómo el sol se escondía detrás de los carteles luminosos, todavía apagados, que informaban que se hallaban a 3 kilómetros del casino del Estado de Virginia.

- Debe ser Virginia- agregó.

- ¿Cómo lo sabes?- contestó la chica, sorprendida por las capacidades de su marido.

- Porque estaba escrito en un cartel, y porque además está por llover, y siempre llueve en Virginia.

- ¿Y eso como lo sabes?- volvió a inquirir.

- Porque anunciaron en Crónica TV que iba a haber mal tiempo en toda esta región del país.

- ¿ Y tú le crees a esos farsantes?- dijo la mujer- Quiero decir, esos meteorólogos siempre se equivocan, es más, ni si quiera son meteorólogos, son personas que van por su minuto de fama en la televisión y ni siquiera saben la diferencia entre lluvia y granizo.

- Ehmmm, disculpe que la contradiga, señora, pero yo trabajo en ese lugar y le puedo garantizar que ellos tienen la verdad.

- ¡Oh, miren!- exclamó la joven, tratando de desviar la conversación para evitar problemas.

Los tres observaron atentamente hacia la minúscula puerta que comunicaba el vagón restaurante conn los vagones de tercera. Algo se movía del otro lado, como queriendo cruzarla, pero sin lograr su objetivo. De repente se escuchó un ruido como de glóbulos rojos viajando por la sangre, y la puertecita estalló en miles de astillas, que llegaron hasta la sopa del hombre de galera amarilla que estaba sentado en el primer asiento del vagón. Por el minúsculo túnel que ahora podía verse, un soldado forcejeaba para cruzarlo y, de una vez por todas, poder ingresar al restaurante. Una vez que cruzó el túnel, se les acercó dando bandazos y se desplomó sobre el asiento libre de la mesa como una muñeca de trapo. Era un hombre bajo y el uniforme se le desbordaba en pliegues arrugados, pero de manera completamente excesiva. Su cara, flaca y de facciones afiladas y peluda, formaba un pálido contraste con la del marine, y su pelo negro, cortado al rape, pero con varias entradas en la cabeza, brillaba a la luz como una gorra de piel de foca.

La mujer, a su lado, luego de haberse apretado más contra la ventana, lo miró escrupulosamente, y observó que él también llevaba una excesiva y burda cantidad de anillos en sus dedos. Con semblante pensativo lo etiquetó de borracho, y al ver que la chica arrugaba la nariz supo que compartía su veredicto.

Mientras el negro con delantal descargaba su bandeja, el cabo dijo:

- Quiero un café, pero que esté frío por favor, y tráigame también una cafetera grande.

Los otros comensales lo miraron lastimosamente. Nuevamente, la chica inició una conversación para escapar al bache incómodo de silencio interminable que siguió al comentario del soldado, y tras darle el primer mordisco a su mcnífica triple con un combo chico de papas y coca-cola, dijo:

- ¿No te parece carísimo todo lo que sirven aquí?

Y entonces empezó. La cabeza del cabo empezó a balancearse con sacudidas cortas e incontrolables. Hizo una pausa y la cabeza se le quedó grotescamente inclinada hacia adelante. Muy lentamente comenzó a levantarla hasta dejarla quieta en el eje normal de la misma. Tras unos eternos segundos de silencio, el soldado inició un particular sonido, o más bien ruido, con los labios. Saltó rápidamente hacia el costado de la mesa, haciendo todavía ese sonido indescifrable y comenzó a mover la pelvis; del techo del vagón se abrieron unas pequeñas compuertas y bajaron muy lentamente, pero a compás, una bola de disco y seis altoparlantes, siguiendo la música de Michael Jackson.

Un baile de zombies liderado por el soldado alejó la vista de los comensales de sus respectivos platos. El hombre de la galera amarilla bailaba desaforadamente, como extasiado por la música que oía.

- ¡Oh, Dios mío!- exclamó la chica y la mujer soltó el cuchillo de la mantequilla y automáticamente se protegió los ojos con una mano sensible. El marine miró con aire ausente durante un momento, y luego, reponiéndose enseguida sacó un paquete de tabaco e intentó prenderse un cigarrillo, pero estaba tan atónito con el show que se estaba llevando a cabo frente a sus ojos que no pudo hacerlo.

- Déjame- se ofreció ella.

La mano le temblaba tanto que la primera cerilla se apagó. Cuando el segundo intento tuvo éxito esbozó una sonrisa forzada. Mientras tanto, el baile estaba llegando a su fin, las persianas del vagón se levantaron, permitiendo que una tenue luz de atardecer entrara por las ventanas, los parlantes y la bola de disco desaparecieron en el techo, y todos los viajantes volvieron a sus respectivos sitios, y retornaron a su aspecto anterior, como si nada hubiera ocurrido.

El cabo se sentó junto a la señora y la miró fijamente, esperando una respuesta respecto a su performance. La mujer apartó la mirada bruscamente. Una tirantez ofendida se engastó en el silencio. No fue necesaria ninguna palabra.

La mujer deslizó dos billetes encima de su cuenta y empujó hacia atrás su silla.

- ¿Me deja pasar, por favor?- dijo.

El cabo se levantó y se quedó de pie, mirando el plato intacto de la mujer.

- Cómase eso, maldita sea- dijo- ¡tiene que comérselo!

Y luego, sin mirar atrás, desapareció en dirección a los vagones.

La mujer pagó el café.


IBARRA OLALLA

TOZONOTTI

1 comentario:

  1. Luciano Ocampo (con permiso para usar el Gmail del pedro):

    Es interesante que el desarrollo de lo Kitsch en esta modificación se vea reforzado con el uso de la misma tecnología que impulsa lo Kitsch, o sea, la tecno del entertainment y lo audiovisual. La parodia a la opinología de la gente opacada por los medios también es destacable, en el ámbito de que le gana terreno como un valor y un común más, más que como una crítica. Es innegablemente bien logrado el uso de lo Kitsch, ya que los tres aspectos están presentes para definirlo como tal.

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