miércoles, 14 de julio de 2010

La abeja y la cuchara

La mujer que acaba de entrar al bar, no es sino, Alejandra Castillo. Quizás la más deseada del barrio, hoy no está para sacar provecho de su belleza, como acostumbra a hacer. Un café, por favor. Se sentó en la mesa más cercana al ventanal, el cual guarda la ya desgastada inscripción “El Molinillo”, haciendo obvia referencia al nombre del lugar. Su mesa no era de las más escritas o talladas, aunque igualmente Alejandra se detuvo a mirar algunas de sus inscripciones. No pasaban de simples palabras de amor y corazones dibujados, pero hubo un nombre que la conmovió. En una esquina de la mesa notó un borde con su parte laqueada ya prácticamente inexistente. La parte de abajo, que estaba más clara y hundida, como si estuviese trabajada arduamente para llegar a ese nivel, guardaba el nombre de Martín, su novio. Un sentimiento profundo le brotó del pecho, pero se vio inmediatamente interrumpido por el mozo que trajo el café. Aquí esta su café señora, Muchas gracias, dijo ella con lo poco de sonido que salió de su garganta, aún anudada. Tomó un nervioso sorbo y lo dejó volcando un poco sobre el plato.

No quiso volver sobre aquella esquina, y para ello no tuvo otra opción que condenar su mirada a lo que detrás del ventanal sucedía. Gente caminando, paseando a sus mascotas. Autos, como de costumbre, haciendo sonar sus bocinas de más, aunque como rara vez ocurría con la muchacha en cuestión, no le molestaba. Lo que sí le molestó fue el zumbido de una abeja que rozó su oreja. Recordemos que estamos en verano, época en lo que estos tan poco adorados insectos toman como vicio salir a la calle en busca de algo dulce, por lo general algo líquido. Y donde se pudo haber dirigido sino al café. Pero esta, evidentemente, inexperta abeja fue a parar directamente al líquido mismo.

Extrañamente Alejandra no hizo otra cosa que observar el esfuerzo de la abeja en despegarse de este viscoso líquido. Dio unas cuantas vueltas en la taza, dando brazadas con sus alas, y cuando parecía finalmente vencido, abrumado por el peso que se le había adherido al cuerpo, logró trepar por la cuchara. Arrastrándose, y dando un par de resbalones que parecían devolverlo a su segura muerte, llegó al canto de la taza. Se tomó unos segundos y deplegó sus alas para alzar vuelo.

Una sonrisa se marcó en la cara de Alejandra, y sin pensarlo dos veces se paró de su silla y dejó un excesivo monto de plata sobre la mesa. Salió hacia la calle, y tomó un taxi. Al Hospital Francés por favor, Como no señora. Guardaba una extraña esperanza.

Agustín Basile

Francisco de Olano

Frío metal

El sólo hecho de ganar me llenaba de placer. Exacerbado por este sentimiento tomé los guantes que se encontraban en la mesada, pero mi torpeza era tal en ese momento que dejé caer el resto del instrumental al suelo. El sonido del metal vibró por toda la sala. Maldiciendo por lo bajo comencé a juntar los vidrios rotos que antes conformaban uno de los frascos, algunos de los cuales penetraron en mi carne. El frío era intolerable, sin embargo mi sudor se acrecentaba a cada momento. La habitación estaba prácticamente vacía, los muros corroídos por el tiempo contaban ya con pocos azulejos, los cuales estaban tiznados de un gris opaco que ensombrecía aún más la lúgubre cámara. El suelo aún no estaba terminado, se podía sentir lo áspero del contra-piso y los pequeños segmentos de piedra que sobresalían del mismo, entre aquellos trozos el moho se alojaba, los rincones de la sala eran imperceptibles, inundados en una eterna oscuridad.

Me deslicé hacia la silla que se encontraba vacía, la luz era escasa pero mis ojos ya se habían adaptado a la falta de iluminación. Percibí un leve escalofrío que recorrió su cuerpo, el olor a cloroformo había desaparecido. Ni bien mi cuerpo entró en contacto con la silla, logré relajarme. Sentí que me encontraba a gusto sobre aquel formato de frío metal, que mi respiración tomaba un curso normal y que mis manos dejaban de temblar. Decidí que era hora de comenzar.

Con la punta del cuchillo rasgué, como un artista da una pincelada en su obra, su ojo. Lentamente, la punta del metal lo despojaba de su retina, la mirada se le desorbitaba de dolor, pero pronto le di motivos para que dejase de pensar en ello. Nuestra sangre se mezclaba, formando pequeños canales por entre las baldosas. Mis heridas no eran profundas, pero comenzaban a molestarme. Le di una puntada en la rodilla girando el cuchillo con énfasis. La mordaza dejó de funcionar por unos breves segundos, en los cuales el grito ahogado resonó hasta los últimos rincones. Rápidamente ajusté el nudo de la atadura, y como castigo deslicé suavemente la navaja por su tendón, las veces suficientes para que su pie siga asociado a su cuerpo sólo por un pequeño trozo de carne y piel.

Los líquidos que fluían del sujeto eran demasiados, la orina y el sudor me dieron repulsión. Su respiración era algo entrecortada, y ya no realizaba ningún esfuerzo por desatarse. Un sentimiento de desilusión invadió mi alma cuando sus miembros dejaron de contraerse, el latir de su corazón era prácticamente imperceptible. Una furia incontenible me obligó a dar un último golpe de gracia, sin embargo, instantáneamente me sentí arrepentido, recordé lo difícil que me había resultado llegar hasta el último nivel del juego. Pocas esperanzas había tenido de ganar, pero lo intenté seducido por la idea de obtener un premio como aquél. Perpetuaba en mi memoria el rostro del conductor del programa. Una sonrisa falsa, unas miradas con su asistente, sorprendidos, indudablemente, por su derrota.

Mis pensamientos se vieron interrumpidos cuando un hombre de baja estatura ingresó en la sala. Se acercó lentamente, arrastrando consigo implementos de limpieza.

-Disculpe señor, ¿ya puedo retirar los restos?- Preguntó con voz áspera.

Decepcionado, no atiné a contestarle.

martes, 13 de julio de 2010

Atracción







“…Todo lo que piensas el universo lo captara en forma de energía y lo hará realidad…” Tomás cerro el libro de teorías metafísicas y con una risita burlona como si no pudiese creer que la gente fuera capaz de inventar tales mentiras, tiró el libro al tacho de basura de su cuarto. Se levantó de su cama y se dirigió a la cochera de su casa para contemplar la bicicleta que con tanto esmero se había comprado con su dinero, dinero que ganaba como empleado de un puesto de diarios.
Era una bicicleta playera de color rojo brillante e importada de EE.UU. era un modelo que toda su vida lo había fascinado y siempre lo había querido tener. Amaba demasiado a su bici, la amaba tanto que todos los días por las mañanas la lavaba y verificaba cuidadosamente si por alguna casualidad tenía hasta el más misero y pequeño rayón, a diario observaba si sus ruedas estaban desinfladas o si a su cadena le hacía falta algunos ajustes y aceitarla. Siempre observaba tanto que la rueda de adelante como la de atrás estuvieran bien centradas y que sus rayos no estuviesen flojos, luego de considerar que su bici ya estaba lista, la limpiaba con alcohol y la dejaba brillosa e impecable para volverla a usar
. Eso sí, lo que más temía Tomas era que se la robaran, no soportaba imaginarse aquella escena. Tanto tiempo ahorrando dinero para que derepente todo su esfuerzo se fuera al tacho de basura, eso si que lo perturbaba, por eso era bastante entendible que el color rojo de su bicicleta lo había elegido especialmente para atraer buena suerte, posición bastante contradictoria por su forma de pensar, en fin.
Pero Tomas era muy astuto, se las ingeniaba muy bien para que nunca le sucedieran este tipo de incidentes. Como él estudiaba psicología, cuando llegaba a la facultad de humanidades, dejaba su bici no en la universidad sino en la casa de un amigo de toda la infancia, que vivía a una cuadra y era la persona a la que consideraba que podía confiarle ese tipo de cosas. Siempre al ingresar al la facultad dejaba la bicicleta en lo de su amigo y al salir iba a retirarla. Y cuando ingresaba a otras actividades, siempre la dejaba dentro del establecimiento y atada a algún objeto con una cadena muy maciza. .El acostumbraba a tomar serias precauciones, obviamente.
Pero un día a las nueve de la mañana, por una extraña razón, cuando Tomas se dirigía a la cochera para hacerle los mantenimientos diarios a su medio de transporte, se dio cuenta que su bicicleta ya no estaba reposando allí como siempre lo hacía. En ese mismo momento su mejor amigo lo llamó al teléfono y Tomás corrió a la sala de estar y contestó:
-Si, hable.
-Hola tomi soy yo, agus. Quería preguntarte si podrías prestarme tu libro sobre teorías metafísicas, la verdad que me intriga mucho saber de que se trata.
A lo que él le respondió: - Esas son puras mentiras. Ya no lo tengo…


MAURO MOCO


Se despertó, y su mamá no estaba. La buscó por toda la casa y no la encontró. Un pequeño moco comenzó a deslizarse por su nariz en dirección a su boca, pasando por la comisura del labio superior. Si estuviese resfriado, podría decirse que sería normal, pero era verano, no había posibilidad de enfermarse.

Unos momentos después, su mamá llegó a la casa, y su rostro quedó seco y limpio otra vez. Luego de desayunar, tomo su mochila verde y se subió al auto.

A las ocho en punto, bajó y caminó solo hacia la puerta de la escuela, comenzando a sentir una humedad sospechosa bajo su nariz. Cuando sus compañeros lo vieron, las burlas no se hicieron esperar:

- “¡¡¡¡Mauro Moco, Mauro Moco, ahí viene Mauro Moco, eeeeeeeeeeeeh!!!!”.

La reacción fue instantánea. De sus orificios nasales comenzó a brotarle una cantidad increíble de mucosidad pegajosa. Como acto reflejo, sacó un pañuelo del bolsillo derecho de su pulóver, que le había tejido su abuela, de colores estridentes y poco combinados, confeccionado con lanas que picaban incómodamente al rozar la piel.
Completamente avergonzado, intentó quitarse del rostro la insolente segregación, pero no pudo. Refregó hasta que el pañuelo colmó su capacidad de absorción y terminó embebido en la sustancia, adherido a su nariz. Todo este horrible espectáculo no hizo más que arengar las burlas y agresiones de sus compañeros.

Cuando la señorita lo vio entrar y dirigirse a su asiento, adivinó fácilmente lo que había ocurrido. Se acercó para consolarlo pero no consiguió ni una palabra del niño. En su intento de desinhibirlo le propuso ser el primero en pasar al frente de la clase, ya que ese día debían exponer un tema específico por alumno.

Al levantarse sintió la filtración indebida de moco, prediciendo lo que iba a acontecer.
Con voz tímida comenzó a explicar la vida de Belgrano, haciendo especial hincapié en sus decisiones como líder militar. Pero se confundió en una palabra, ya que en vez de recitar el nombre correcto del prócer, dijo “Manuel José Joaquín del Moco de Jesús Belgrano”.
Sus compañeros estallaron en carcajadas y comenzaron a arrojar hacia la incontinente nariz del orador una lluvia de bollitos de papel, gomas, y avioncitos rápidamente improvisados. La situación se volvió insostenible, y la señorita decidió llamar a la mamá:

- Hola Silvana, mirá, Mauro no para de largar moco, no se qué hacer. Vení a buscarlo, por favor.

A los pocos momentos, la mamá acudió al rescate de su hijo. La escena que encontró la asombró desmesuradamente.
El niño estaba ahogado en mocos, casi sin poder respirar, con lágrimas en los ojos y compañeritos gritando despavoridos, pegados a su nariz.

Cuando su hijo la vio, de manera increíble, comenzó a absorber toda la mucosidad esparcida y al cabo de unos segundos no había ni un mínimo rastro, más que una leve hinchazón en su barriga.

FIN

Delle Donne, Sofía.

Krasutzky, Ivo.

Espantosa normalidad.

La lluvia no cesaba de caer, de forma intermitente y monocorde ya llevaba dos días igual.

Insoportable para Juan, una persona como cualquiera, sin rastro alguno del extraño mundo que se extendía mucho más allá de la calle de su casa, su espeso bigote colorado (asombrosamente colorado), escondía unos delgados labios y una diminuta boca totalmente desproporcionada con respecto al tamaño de su cuerpo, los lentes que llevaba la mayor parte del tiempo -incluso para dormir ocasionalmente- le propiciaban una mirada un tanto hostil. Su pelo entrecano dejaba notar que pasaba ya los cuarenta años, así como unas pequeñas y extrañas cicatrices en un solo lado de su rostro desviaban cualquier mirada involuntariamente.

Desde que comenzó a llover Juan se sentó en el sillón más próximo a la ventana de calle y se quedo ahí preparado para salir en cualquier momento, con su sobretodo negro, sus guantes de cuero negro y su sombrero (extraño sombrero por cierto) del mismo color; solo se levanto en algunas oportunidades para ir al baño y para tomar café, solo eso, hacía ya dos días que esperaba, sin alejarse un segundo de más de la ventana.

Su vida transcurría lentamente, sin sobresaltos, sin preocupaciones, vivía solo, se ocupaba de su trabajo, su prolija casa y un pequeño hobby. Nada ni nadie le alteraba el sueño, ni el ritmo normal de sus días. Pero la maldita lluvia hacía dos días que le rompía su tan prolijo esquema.

El pequeño hobby de Juan consistía en coleccionar estampillas de todas partes del mundo, bueno, él lo presentaba como “pequeño” cada vez que se refería a el.

No tenía muchos amigos pero los que lo conocían, lo conocían muy bien; su familia había desaparecido hacía ya unos años atrás de forma gradual y progresiva sin saberse bien porque, pero bueno, tampoco era una persona que andaba difamando sus asuntos por el mundo así que solo era un vida normal, sin secretos, sin demasiados asuntos que atender pero hacía ya dos días que este se encontraba sentado contemplando la calle, a la espera pero no podía saberse exactamente bien de que.

Faltó a su trabajo, (su aburrido trabajo de inspector en una fábrica de cajas) el teléfono sonó varias veces pero Juan no se molesto en atender siquiera. Ya había decidido solo esperar junto a la ventana, a medida que pasaban las horas en su rostro se notaba la expresión de nerviosismo que lo dominaba. Unas gotas de sudor comenzaban a resbalar por su ancha frente. De un momento a otro, alguien comenzó a golpear con una fuerza increíble la puerta de atrás, la que lindaba con los jardines traseros. Juan se levanto de un salto de su sillón y desesperado empezó a dar vueltas en círculo por el living. Cerró las ventanas, miró en el gran reloj la hora, se tomo el último sorbo de café y se dirigió hacia la puerta del sótano. Mientras los golpes seguían su ritmo en la puerta, haciendo vibrar toda la casa. Por las voces y los ruidos era evidente que eran varios hombres los que allí se amontonaban para entrar, cuando Juan estaba destrabando las misteriosas cerraduras de la puerta del sótano se escucho bien fuerte y claro el grito de “¡¡Abra la puerta!! ¡¡Policía!!”, con más desesperación aún arranco los cerrojos de la puerta nuestro mencionado personaje, al mismo tiempo que varios oficiales de Policía destrozaban la puerta de la casa e irrumpían en ella, en ese preciso instante Juan saltaba desde la escalera que conducía al sótano y misteriosamente no se escuchó ningún ruido fuerte cuando aterrizó contra el piso, sino que se sintió como si cayera sobre un colchón de papeles, un montón de papelitos, la cara de los policías denotó una sorpresa muy grande ya que esperaban oír un gran ruido del cuerpo destrozado en el piso, pero no fue así. Unas milésimas de segundos que se hicieron eternas, bastaron para que el ambiente se silenciara. El oficial a cargo se acercó a la puerta del sótano y detrás de él los demás policías…La sorpresa y el horror dominaron la escena, con solo asomar las narices por aquella puerta podía sentirse el terrible olor nauseabundo de años de papel acumulado, y de algo más, quizás, materia orgánica en descomposición, ¿cadáveres?…se podían ver todavía en el espacio libre del sótano, todavía las estampillas volando y cayendo lentamente producto de lo ocasionado por el impacto de Juan contra aquella montaña de estampillas…

Varias horas de trabajo era seguras para sacar de aquel sótano todo lo que allí había sido descubierto…y muchos asuntos sin resolver, llegaban aparentemente a su final…un inesperado final…



Micaela Jordan

Nahuel Monti

Q.E.P.D.

Me prometí no volver a llamarla y acá estoy, de nuevo con el teléfono en las manos, sin ilusión de recibir alguna respuesta. Tengo mi mirada perdida en la noche inmensa.
Me alejo el tubo de la oreja para no volver a escuchar la voz del contestador.
Cuelgo desesperanzado.
Me arden los ojos de no poder llorar.
Sé que lo nuestro se terminó hace tiempo y me siento ahogado. Prefiero salir a tomar un poco de aire porque esta casa a oscuras me sofoca, me presiona el pecho hasta dificultarme respirar.
Ya no queda ni una hoja en las ramas de los álamos; el viento helado las barre del empedrado de las calles por donde tantas veces caminamos juntos.
Camino sin rumbo entre las sombras sin dueño, procurando pisar con cuidado para no resbalarme con el verdín de los adoquines.
Sólo me acompaña el rumor de sus últimas palabras hirientes y un perro que busca una mirada de afecto.
Cuando llego a la esquina del hospital, siento un puñal que me atraviesa el pecho. Las piernas se me aflojan y, aunque me resisto, cedo lentamente hasta quedar con la cara en el piso. Temo no poder levantarme nunca más y que ella disfrute sin mi existencia. Con lentitud, dolor y bronca me levanto y me dirijo al hospital.
En la sala de espera no hay nadie. Todo está tranquilo hasta el punto de parecer un cementerio. Las paredes son tan blancas como la nieve, el aire parece de congelador, pero yo no siento frío, no siento nada.
De repente una sirena interrumpe el silencio de la madrugada y los médicos aparecen por todos lados, como las hormigas antes de la lluvia, gritan y corren. Bajan de la ambulancia a un herido, un hombre que parece estar agonizando, conectado con suero y respirador, ensangrentado. En el trayecto el hombre muere. Un médico, con menos prisa, se acerca a donde estoy sentado con intenciones de subir la camilla con el muerto por el ascensor que está junto a mí.
El médico se aleja esperando unos papeles mientras yo observo al difunto. Es un tipo de unos cuarenta y tantos años, vestido con un pulóver apolillado bordó, un pantalón todo desbraguetado que por cierto está mojado con vino tinto y orín. En uno de sus pies tiene una pantufla azul con su suela despegada y el otro pie lo tiene descalzo. Su cabello negro está todo enredado y aún su torso sangra debido a un corte; las gotas de sangre se deslizan por el cuerpo empapándolo con un tinte rojo.
Este rostro me atrapa, me hace recordar a Darío. Sí, es él. Y pensar que estaba tan bien y ahora lo veo en un estado tan decadente. No lo puedo creer.
Recuerdo que Ana siempre tuvo preferencia por él. Yo también lo hubiera elegido. Sin embargo hoy lo encuentro difunto. Y la última vez que lo vi con ella estaba tan bien.
Vuelvo a sentir el puñal en el pecho que me corta la respiración, pero nadie se ocupa de mí. No entiendo por qué tardan tanto en atenderme.
Aún con la presión en el pecho me dispongo a esperar la llegada de Ana.
Las horas siguen pasando. El dolor agudo que tenía en el pecho se ha calmado. Pero tengo una nueva sensación, algo que nunca había experimentado. Siento que mi corazón se relaja, como si se ablandara; los músculos de mi cuerpo tiemblan y una lágrima recorre mi mejilla izquierda.

Roldán Pilar
Romero Macarena

lunes, 12 de julio de 2010

Naranja


      Todo terminó aquel día. Mi tostada había caído del lado de la manteca. El televisor mostraba “Hogar Shopping Club”. Había pasado toda la noche en vela pero aún así se me había hecho tarde para ir a trabajar. Y Gladys no había vuelto.
     Recuerdo las primeras palabras que me dirigió: “Bueno, papito, ¿entonces brushing te hago?”. Yo me había quedado sin habla. Su hermoso pelo naranja me impactaba, la forma en que cada mechón se unía en un gran broche de plástico. El brillo que reflejaba me enceguecía, y apenas podía soportar tanta belleza.
     Yo siempre había odiado el cabello, me daba asco. Pero el de Gladys era diferente. Ese día entré a la peluquería casi por azar. Yo necesitaba un corte. En realidad no creía necesitarlo, pero mi jefe me había regañado esa mañana porque decía que mi pelo parecía un cuadro de Pollock.  Y así fue como la conocí, convirtiéndose en mi peluquera  personal. Yo era muy tímido para invitarla a cenar, pero después de varias visitas más (y terminando rapado) me animé.
- Eh, Gladys… disculpe la pregunta, quiero decir, puede usted decir que no si no quiere, ¿sí?
- ¿Qué, mi amor?
- ¿Le gustaría ir a cenar?
- Bueno dale, papito, pero mirá que llevo a los pibes porque no tengo quién me los cuide.
     A partir de ese día nació una bonita relación llena de afecto, cariño, respeto, y el pelo de Gladys. Parecía como si ahora su brillo se hubiera intensificado. Me acuerdo de cómo me gustaba ver cuando se teñía. Todos esos pasos casi mecánicos repetidos el primer y tercer lunes de cada mes. La veía atarse el cabello, preparar la tintura, aplicársela, esperar veinte minutos, lavárselo, y secárselo. El intenso color naranja reaparecía en sus raíces, recordándome a la jugosa fruta de estación que compartíamos en los desayunos cada mañana.
     Pero con el pasar del tiempo lo inevitable ocurrió. Como en muchas parejas, el desgaste surgió brotando en nuestras conversaciones. Un día, luego de una fuerte pelea, Gladys se encerró en el baño, y cuando salió ya no era la misma persona para mí. Ella había teñido su cabello de negro. En ese momento nuestra relación pareció oscurecerse de repente. Ya no podíamos hablarnos porque tan poca luz enturbiaba nuestra comunicación. Ella no entendía el por qué de esta situación, pero yo había comprendido todo muy bien. Gladys estaba ahora distante, y había dejado de ser ella.
     Y así fue como todo acabó. Creo que jamás volveré a contemplar tanto brillo, tanta sinceridad en una persona como lo había en ella en tiempos mejores.



Sofía Marozzi
Magdalena Milomes

Lo que le pasó a mi amiga Vani

-Sí, Vanina es mi mejor amiga. Era, en realidad. No tengo muy claro eso. Desde esa discusión no supe más de ella. Sí, yo tampoco le hablé. Y viste, somos una más orgullosa que la otra, hasta que nos decidamos a hablar… Mmm, ¿Cuándo empezó? Esto viene desde hace muuucho tiempo. Vos sabés que Vani y yo éramos inseparables, que fuimos juntas a la primaria y a la secundaria, muy genial ese tiempo, ¡Qué época! ¡Como nos reíamos! Sí, ahí Vani era otra persona, irreconocible. Y claro, imaginate, sin esa adicción espantosa… tenía cierta tendencia, no te lo puedo negar, pero nunca me imaginé que pudiera llegar a tanto. Mi mamá siempre me decía que las cosas nunca son buenas en pocas cantidades ni en excesos, si se lo hubiera dicho a tiempo… Sí, perdoname, te decía que fuimos juntas a la secundaria, y claro, viste que ahí tu imagen, tu “estatus” es súper importante. Nosotras en seguida captamos esa onda y nos pusimos manos a la obra. Al final lo logramos: ¡unas divas éramos! Siempre estábamos impecables, nada fuera de lugar, combinadas entre nosotras y oobvio, bajo las últimas tendencias de la moda. Provocativas, todos nos miraban. Sí, no sabés, era el cielo para nosotras, ¿qué más podíamos pedir? Fue más o menos por ahí que Vani empezó a salir con Fernando. Se arruinó la vida. Aparte de petiso, resultó ser un asco de persona, un atorrante y por lo que le hizo, mi amiga quedó destruida. Creo que por ahí fue cuando empezó su vicio.
Sí, sí, te cuento, no tengo ningún problema, si esto la ayuda… Mmm, me acuerdo re bien de ese día, era uno de septiembre viste, que empieza hacer calorcito pero no tanto. ¡Sí! ¡Tal cual! Que te ponés un saquito, por las dudas; bueno así. La fui a ver a Vanina a la casa; sabía que estaba tristona por el tarado ese. La vi acostada y la convencí de salir, de ir al shopping (sabía que no se me iba a negar, le encantaba comprar cosas) y le prometí que le iba a regalar algo, lo que más le gustara. Entramos ahí y le cambió el ánimo completamente, aparte era época de cambio de temporada así que los carteles rojos de oferta nos llamaban a todos lados. Después de un rato de ver y probarnos cosas, se decidió por unos zapatos, que no podía creer que estuvieran a mitad de precio. Se los regalé esperando el día en que me los prestara, jaja, nunca le dije que mi compra fue con doble intención. ¡Ay! No te miento, eh, eran preciosos. De un color beige, algo satinado con unas bolitas azules, así como de raso, de a grupitos e a tres formando florcitas alrededor de la abertura, de forma redondeada, como la punta. Tenía un taco alto, tipo de 6cm; pero como ella era, es medio bajita, le vino bárbaro. No se le veían las costuras y parecían pastelitos esos de las revistas de lo lindos que eran, tan delicaditos… ¡Si hubiese sabido lo que venía después! Creo que los veo ahora y lloro. Bueno, cuando se los compré, Vani se puse re contenta. Es más, organizó una salidita a la noche para poder estrenarlos. Yo me sentí bien, tenía esperanzas de poder sacarla de su depresión. Después…. ¡ah, sí! Me llamo unos días más tarde, parece que se lo había cruzado a Fernando y la depre había vuelto; aparte eran los días en que los papás le daban la mensualidad, así que me invitó al shopping de vuelta. Fuimos y después de ver sin mucho interés, pasamos por la zapatería de la otra vez, que seguía de rebajas. Se compró unas sandalitas blancas divinas, no sabés lo que eran. A partir de ahí fue salida obligatoria para curar la depresión crónica de Vani ir de compras. Al mes yo me aburrí, o sea, ya fue, ¿me entendés? Me sabía de memoria todo los negocios y hacía mucho que no le veía ropa nueva, sólo zapatos. Igual no le dije nada, ya la veía de mejor ánimo y olvidándose del sinvergüenza, aparte con esto de los zapatos, no sé, verse alta siempre la hizo sentir mejor, más segura. Pero a los dos meses yo ya estaba harta, no lo pude evitar. Harta de escuchar qué tan lindo era el par nuevo, hasta de que se compre “el último, el último, que tiene descuento!”, harta del toc, toc constante de los tacos en el piso; ay, encima caminaba rapidito. No, no, no aguantaba más, te juro. Aparte, ¿viste cuando notás que la persona cambia? Pasaron unas semanas más y Vani me hablaba cada vez menos, y no tenía nunca tiempo para que nos veamos, fue el colmo. Por eso un día, que me acuerdo que era sábado y hacía calor, me llamó para pedirme que la acompañara a comprarle un regalo a no sé quién. Fui sin nada de ganas, en realidad para poder hablar con ella. Cuando la vi, te juro, me quedé sin palabras. Por primera vez, Vani estaba con ropa sin combinar, totalmente despeinada, ¡y sin maquillarse! No, en serio, estaba irreconocible. Parecía que no había dormido hacía mucho y cuando me vio me gritó con una voz más aguda de lo normal: “¡Llegué a los cien pares, llegué a los cien pares!!” y empezó a correr hacia mí con ese toc, toc insoportable, cargando como cuatro bolsas. Yo no le dije nada, me di vuelta y me fui para la entrada, ella me gritó desesperada qué me pasaba, y lo único que llegué a decirle es que me daba lástima. Llorando me fui, no sin antes escuchar como un crack. Cuando me di vuelta, vi que Vanina estaba en el piso, con un taco roto, mirándome sin entender nada.
Ay, ¿me das un vasito de agua que se me secó la garganta? Perdoname, pero acordarme de eso me pone mal. No, no, dale, quiero terminar de contarte. Sí, bueno, esa tarde me llamó al celular como cinco veces, de las cuales no la atendí ninguna. Estaba muy ofendida y lo que menos quería era discutir por teléfono. Después de una semana, en la que me llamó por lo menos una vez por día, la llamé, estaba cansada. Me atendió re cortante y me preguntó qué me pasaba, que cómo me animaba a hacerla pasar semejante papelón. “Vani”, le dije”¿no te das cuenta de cómo estás, de que el papelón lo hacés vos sola comportándote como lo estás haciendo, como una adicta?” Ella me dijo totalmente histérica que yo no la entendía, que estaba exagerando y no la apoyaba, que por una vez en su vida se sentía bien, alta, superior y no sé qué cantidad de pavadas más que ni me acuerdo, era más de lo mismo. “Mirá, Vani” le respondí, “vos sabés que yo te quiero mucho, pero no puedo hablar con vos así, cuando quieras hablar bien, hablame que te voy a ayudar”. Me dijo que no necesitaba que la ayudara con nada y que estaba muy decepcionada de mí.
Eso fue lo último que hablé con ella, ¿podés creer? Y sí, no sé qué le estará pasando, si está mejor o no… Sí, hace como un mes de esto. Evidentemente debe estar muy bien para no hablarme, viste. Ya está, que haga lo que quiera con su vida, yo estoy mejor así. No, en serio, nada más supe. Pero no sabés lo que me pasó ayer, re raro, y me hizo acordar a todo esto, sí, por eso te llamé para contarte. Sí, ayer estaba caminando por la calle y había una de esas mujeres que piden monedas, viste, ahí toda tirada en el centro. Pasé y casi ni la miré. Me pidió una moneda. Cuando me di vuelta para decirle que no tenía, me llamó la atención que, con toda la ropa fea que tenía, estaba usando unos tacos claritos pero re sucios, con bolitas azules alrededor del pie…

Lucía Moviglia 7ºB

Expectación.

Me encontraba sentada esperando. Era un sillón hermoso y muy mullido, de color verde. Y cuando digo verde es verde intenso de terciopelo. Era muy antiguo y extraño. Las patas tenían talladas las extremidades de un león: cada garra estaba perfectamente diferenciada, cada detalle impecablemente labrado. Extraño, era extraño, pero cómodo. Aunque en realidad me paré rápidamente.
Estaba parada esperando. La madera oscura recién encerada brillaba y emanaba un fuerte olor. El piso añejo rechinaba con cada movimiento. Yo no podía estar quieta. Entonces caminaba… caminaba un trayecto que se me hacía interminable. Lo recorrí ida y vuelta una cantidad incontable de veces: Llegaba hasta el fondo del pasillo donde había una ventana.
Miraba unos segundos al exterior, giraba sobre mi misma y caminaba hacia el otro extremo. Allí había una puerta imponente con vidrios biselados y herrajes de lustroso bronce. Una cortina de raso púrpura tapaba lo que había del otro lado. No me animaba siquiera a asomarme.
Pensaba mientras caminaba. Pero no quería pensar en eso. Entonces pensaba en otra cosa.
Afuera estaba nublado y parecía que el sol nunca saldría. Una humedad terrible corroía mis huesos. Pensaba en la suerte que yo había tenido al evitar el tránsito. Pero para eso había salido demasiado temprano de casa. No por otra razón. No. Pensaba que unas horas antes todavía había sol.
Entonces seguía pensando. A veces me desviaba del curso de mi reflexión trivial pero volvía rápido a la tormenta que se aproximaba. Me exigía a hacerlo.
Seguía caminando por el pasillo, la madera rechinaba y no podía disfrutar del cómodo sillón.
Cada vez que llegaba a la puerta quería entrar. Cada vez que llegaba a la ventana quería me quería ir. Estaba esperando. Pensando. Escuchando.
Escuchaba las bocinas de los autos en el exterior por sobre el tumulto de la calle…Escuché un clic metálico, y el crujido que hacen los picaportes viejos al abrirse. Ese picaporte. Y la luz cálida de la habitación contigua penetró en el pasillo.
Carla Gala Gilitchensky.

Ese olor peculiar

Ese olor peculiar

Estábamos sentados tomando un café, cuando indagué qué había pasado ese día.

-Desperté y leí la noticia en el diario. Mi amigo había muerto. Parece que fue un suicidio. Había una foto impactante. Mi mejor amigo con una herida en el abdomen. A su lado una cuchilla doméstica.- me respondió.

-¿Por qué cree que se suicidó? -Le pregunté. Él me respondió:

-No sé, me sorprendió la noticia. A la mañana, en el trabajo, hablamos sobre sus relaciones amorosas. Me dijo que se iba de viaje esa misma noche. No me dijo cuál era el motivo, pero sí con quien: una mujer casada. La descripción de ella fue exhaustiva. Una mujer sensual. Elegante. Provocativa. A quien le encantaba el color rojo. Con un olor peculiar. Fresco pero intenso. Era caluroso en la piel, comparable a los rayos del Sol. Una mezcla de aromas, jazmines, rosas, vainillas, ylang-ylang, ámbar, bergamota, mandarina, casís. Su perfume la caracterizaba. Lo percibía antes de que ella llegara.

-¿Cree que fue un crimen pasional? -indagué.

-Podría ser. Él era soltero, mujeriego, manipulador. Nunca le conocí una relación estable. Le encantaba salir con mujeres casadas. Disfrutaba la posibilidad de ser descubierto. Las usaba y las dejaba como si fueran objetos sexuales. Pero bueno, era mi amigo y yo lo quería. A pesar de sus relaciones sentimentales, era mi mejor amigo. Lo voy a echar de menos. -me dijo.

Luego le pregunté qué hizo ese día. Exacerbado me comentó:

-Como le relaté, fui al trabajo. Luego a mi casa, como todos los días. Pero eso no tiene nada que ver con mi amigo. Volvamos al punto.

Le dije que por favor respondiera a lo que le había preguntado. El rumbo de la conservación lo decidía yo. En este momento la situación se tornó tensa. El silencio se prolongó en el aire como un pájaro planeando desde las alturas, hasta que el hombre por fin exclamó:

-Está bien. Como le dije fui al trabajo. Después a mi casa. Nada fuera de lo normal. Almorcé con mi mujer, como todos los días. Me comentó que esa misma noche se iba a un congreso. La acompañé a la habitación; mientras ella guardaba las cosas prolijamente en la valija, que habíamos comprado un día soleado después de una intensa mañana de compras, en nuestro primer viaje a España; me tiré en la cama. Cómodo en el somier, tapado con el nuevo acolchado blanco de plumas (cuya suavidad me recordaba al acolchado azul petróleo de la casa de mis abuelos en la felicidad de mi infancia), la miré con atención mientras mi mujer guardaba cuidadosamente en la valija un vestido rojo. La notaba distinta, feliz. Me llamó la atención, ya que no le gustaba ir a los congresos. Siempre se quejaba, excepto en esta oportunidad. A último momento guardó un perfume en la maleta. Nunca se lo había visto. Ella se roció un poco en su estilizado y hermoso cuello. No era el que usaba siempre. Este era un olor peculiar, distintivo, no pasaba desapercibido como el que usaba siempre conmigo. Inmediatamente comprendí todo. Por eso hice lo que hice. Desde aquel día ese olor se fue de mi vida, nunca más lo volví a sentir.

Después de la confesión del principal sospechoso, no quedaban dudas.


Roche Natalia y González Rocío

Tormentas efímeras

Eugenia miraba el reloj en la pared, miraba la cara de Horacio y esperaba que hablara. El silencio se hacía insoportable y la tensión en el aire tornaba todo más intenso. El reloj parecía detenido, los segundos pasaban muy lentamente, parecía que ellos también esperaban algo. Eugenia increpó nuevamente a Horacio:

-¿No me vas a responder?

Horacio seguía callado, tenía la mirada perdida, los ojos en otro lado, la mente más allá. Estaba ausente y se sentía fuera de lugar, y de todas las acusaciones que Eugenia le tiraba encima. Eugenia se levantó de la silla, fue hasta la cocina, sirvió un vaso de agua, lo tomó parada frente a la canilla abierta, enjuagó el vaso y cerró la canilla.

-No se puede discutir con vos, es siempre lo mismo...

Horacio seguía con la vista en otro lado, ahora miraba la ventana. El sol de la tarde estaba siendo amenazado por unas nubes cargadas de lluvia y truenos. Se movían rápido e iban oscureciendo todo. Horacio pensó en lo último que Eugenia le había dicho, estaba por contestar, cuando Eugenia empezó a hablar de nuevo.

-Ya estoy cansada, es siempre igual con vos, nunca decís nada, siempre dejás que todo te pase por encima. Todo te resbala, te da exactamente lo mismo que esté acá o no. Es imposible tener una relación seria con una persona como vos.

Horacio miró a Eugenia por primera vez en la tarde. Vio cómo acomodaba su pelo, cómo agarraba su ropa y la ponía en la mochila, cómo hurgaba entre los cd's y separaba los que eran de ella. A sus espaldas las nubes ya lo tapaban todo, y el viento se había detenido. Le dieron muchas ganas de hablarle a Eugenia, de decirle todo lo que sentía, pero las últimas discusiones no habían resultado bien, y Horacio ya estaba cansado de discutir, cansado de pelear siempre por lo mismo, por eso se llamaba al silencio.

De a poco empezó a llover: primero unas gotas pequeñas imperceptibles, después unos truenos abrieron paso a gotas más grandes y ruidosas. La lluvia. Eugenia terminó de acomodar sus cosas sobre el sillón, tenía los cd's, los libros, la mochila con su ropa. Todo listo para despedirse:

- ¿Se puede saber qué estás mirando? - dijo Eugenia.- siempre en otro lado vos, ¡no cambiás más!

Horacio no dijo nada, seguía ausente y ahora las gotas de lluvia se llevaban su atención. Se levantó de la silla, fue hasta la ventana y dijo:

- ¿Te molestaría quedarte hoy?

Eugenia se acercó y lo abrazó. Afuera la lluvia dejó de caer, el viento comenzó a correr nuevamente y el sol de la tarde empezaba a secar el piso. Sólo había sido una lluvia pasajera. Como siempre.


Lucía Delfino


viernes, 9 de julio de 2010

Lazos de familia

- ¡Faltan quince minutos para la tragedia!- se escuchaba desesperado al locutor de la radio, en la casa de la familia Posik.
- ¡No es posible que vaya a caer un meteorito! ¡No puedo creerlo!- Uma sollozaba. El resto de la familia parecía no escucharla.
- Hijo, creo que fui un tonto- dijo Branco
- Yo también creo eso, papá- respondió Ulises
- ¿Es que nunca me vas a perdonar? No es fácil para un padre. Tenes que entenderlo-
- ¿Vos hablas de entenderte? ¿Cuándo me entendiste vos a mí?-
-No seas tan duro con tu papá- agregó Carola, su madre.
- ¿Qué no sea tan duro con él? ¡Creo que asumió un poco tarde todo esto! ¡Estamos a punto de morir! ¡Ya no sirve de nada!- gritó Ulises mirando por la ventana. El cielo cada vez se tornaba más grisáceo, ya estaba todo cubierto de nubes. Podía distinguirse una nube blanca. No había ni un solo pájaro.
- ¡Que la gente me juzgue no me importa! ¿Pero que ustedes lo hagan?- siguió
- ¡Yo nunca te juzgué! Tenes que entender que es algo difícil de aceptar y más para un padre.- se defendió Carola
- ¡Lo único que sé es que la que siempre me aceptó como soy es Uma!- replicó Ulises
-¡Bastaa! ¡¿No se dan cuenta de que vamos a morir?! – Intervino desesperada Uma
Las nubes inundaban el cielo, que cada vez se volvía más negro.
- Tenes razón Uma. No es momento para esto. Quiero que sepas que te agradezco por haberme entendido siempre. Aunque no sea la persona que vos esperabas de mí, aceptaste que es el amor que yo elegí.- respondió Ulises
Uma lo abraza. Se oye la voz entrecortada del locutor anunciado que faltan cinco minutos para la catástrofe.
-¡¿Cinco minutos?! ¡Esta discusión terminó! ¡Basta!- dijo Ulises ya muy nervioso
-¡No puedo morirme sin que me perdones, por favor!- suplicó Branco desesperado
- ¡Esto es imposible! ¡Toda nuestra vida echada a perder!- dijo Carola llorando
-¡¿Por qué tiene que pasar esto?! ¡Mi futuro ya no existe!- gritó Ulises
- ¡Todo lo que ven ya no existirá en pocos minutos!- sollozó Uma
Todos lloraban. Uma abraza a su hermano. Branco y Carola los miran entristecidos. El cielo ya estaba completamente negro.






Alumnas: Ferrero, Lucrecia - Miranda, Catalina

domingo, 4 de julio de 2010

Producción de texto para el trabajo final (primer cuatrimestre 2010)

Cada grupo de autores publicará el texto producido para el trabajo final del Seminario. Asimismo, elegirán la producción de alguno de los demás autores, y la comentarán con el análisis pedido como parte del trabajo final.