-Sí, Vanina es mi mejor amiga. Era, en realidad. No tengo muy claro eso. Desde esa discusión no supe más de ella. Sí, yo tampoco le hablé. Y viste, somos una más orgullosa que la otra, hasta que nos decidamos a hablar… Mmm, ¿Cuándo empezó? Esto viene desde hace muuucho tiempo. Vos sabés que Vani y yo éramos inseparables, que fuimos juntas a la primaria y a la secundaria, muy genial ese tiempo, ¡Qué época! ¡Como nos reíamos! Sí, ahí Vani era otra persona, irreconocible. Y claro, imaginate, sin esa adicción espantosa… tenía cierta tendencia, no te lo puedo negar, pero nunca me imaginé que pudiera llegar a tanto. Mi mamá siempre me decía que las cosas nunca son buenas en pocas cantidades ni en excesos, si se lo hubiera dicho a tiempo… Sí, perdoname, te decía que fuimos juntas a la secundaria, y claro, viste que ahí tu imagen, tu “estatus” es súper importante. Nosotras en seguida captamos esa onda y nos pusimos manos a la obra. Al final lo logramos: ¡unas divas éramos! Siempre estábamos impecables, nada fuera de lugar, combinadas entre nosotras y oobvio, bajo las últimas tendencias de la moda. Provocativas, todos nos miraban. Sí, no sabés, era el cielo para nosotras, ¿qué más podíamos pedir? Fue más o menos por ahí que Vani empezó a salir con Fernando. Se arruinó la vida. Aparte de petiso, resultó ser un asco de persona, un atorrante y por lo que le hizo, mi amiga quedó destruida. Creo que por ahí fue cuando empezó su vicio.
Sí, sí, te cuento, no tengo ningún problema, si esto la ayuda… Mmm, me acuerdo re bien de ese día, era uno de septiembre viste, que empieza hacer calorcito pero no tanto. ¡Sí! ¡Tal cual! Que te ponés un saquito, por las dudas; bueno así. La fui a ver a Vanina a la casa; sabía que estaba tristona por el tarado ese. La vi acostada y la convencí de salir, de ir al shopping (sabía que no se me iba a negar, le encantaba comprar cosas) y le prometí que le iba a regalar algo, lo que más le gustara. Entramos ahí y le cambió el ánimo completamente, aparte era época de cambio de temporada así que los carteles rojos de oferta nos llamaban a todos lados. Después de un rato de ver y probarnos cosas, se decidió por unos zapatos, que no podía creer que estuvieran a mitad de precio. Se los regalé esperando el día en que me los prestara, jaja, nunca le dije que mi compra fue con doble intención. ¡Ay! No te miento, eh, eran preciosos. De un color beige, algo satinado con unas bolitas azules, así como de raso, de a grupitos e a tres formando florcitas alrededor de la abertura, de forma redondeada, como la punta. Tenía un taco alto, tipo de 6cm; pero como ella era, es medio bajita, le vino bárbaro. No se le veían las costuras y parecían pastelitos esos de las revistas de lo lindos que eran, tan delicaditos… ¡Si hubiese sabido lo que venía después! Creo que los veo ahora y lloro. Bueno, cuando se los compré, Vani se puse re contenta. Es más, organizó una salidita a la noche para poder estrenarlos. Yo me sentí bien, tenía esperanzas de poder sacarla de su depresión. Después…. ¡ah, sí! Me llamo unos días más tarde, parece que se lo había cruzado a Fernando y la depre había vuelto; aparte eran los días en que los papás le daban la mensualidad, así que me invitó al shopping de vuelta. Fuimos y después de ver sin mucho interés, pasamos por la zapatería de la otra vez, que seguía de rebajas. Se compró unas sandalitas blancas divinas, no sabés lo que eran. A partir de ahí fue salida obligatoria para curar la depresión crónica de Vani ir de compras. Al mes yo me aburrí, o sea, ya fue, ¿me entendés? Me sabía de memoria todo los negocios y hacía mucho que no le veía ropa nueva, sólo zapatos. Igual no le dije nada, ya la veía de mejor ánimo y olvidándose del sinvergüenza, aparte con esto de los zapatos, no sé, verse alta siempre la hizo sentir mejor, más segura. Pero a los dos meses yo ya estaba harta, no lo pude evitar. Harta de escuchar qué tan lindo era el par nuevo, hasta de que se compre “el último, el último, que tiene descuento!”, harta del toc, toc constante de los tacos en el piso; ay, encima caminaba rapidito. No, no, no aguantaba más, te juro. Aparte, ¿viste cuando notás que la persona cambia? Pasaron unas semanas más y Vani me hablaba cada vez menos, y no tenía nunca tiempo para que nos veamos, fue el colmo. Por eso un día, que me acuerdo que era sábado y hacía calor, me llamó para pedirme que la acompañara a comprarle un regalo a no sé quién. Fui sin nada de ganas, en realidad para poder hablar con ella. Cuando la vi, te juro, me quedé sin palabras. Por primera vez, Vani estaba con ropa sin combinar, totalmente despeinada, ¡y sin maquillarse! No, en serio, estaba irreconocible. Parecía que no había dormido hacía mucho y cuando me vio me gritó con una voz más aguda de lo normal: “¡Llegué a los cien pares, llegué a los cien pares!!” y empezó a correr hacia mí con ese toc, toc insoportable, cargando como cuatro bolsas. Yo no le dije nada, me di vuelta y me fui para la entrada, ella me gritó desesperada qué me pasaba, y lo único que llegué a decirle es que me daba lástima. Llorando me fui, no sin antes escuchar como un crack. Cuando me di vuelta, vi que Vanina estaba en el piso, con un taco roto, mirándome sin entender nada.
Ay, ¿me das un vasito de agua que se me secó la garganta? Perdoname, pero acordarme de eso me pone mal. No, no, dale, quiero terminar de contarte. Sí, bueno, esa tarde me llamó al celular como cinco veces, de las cuales no la atendí ninguna. Estaba muy ofendida y lo que menos quería era discutir por teléfono. Después de una semana, en la que me llamó por lo menos una vez por día, la llamé, estaba cansada. Me atendió re cortante y me preguntó qué me pasaba, que cómo me animaba a hacerla pasar semejante papelón. “Vani”, le dije”¿no te das cuenta de cómo estás, de que el papelón lo hacés vos sola comportándote como lo estás haciendo, como una adicta?” Ella me dijo totalmente histérica que yo no la entendía, que estaba exagerando y no la apoyaba, que por una vez en su vida se sentía bien, alta, superior y no sé qué cantidad de pavadas más que ni me acuerdo, era más de lo mismo. “Mirá, Vani” le respondí, “vos sabés que yo te quiero mucho, pero no puedo hablar con vos así, cuando quieras hablar bien, hablame que te voy a ayudar”. Me dijo que no necesitaba que la ayudara con nada y que estaba muy decepcionada de mí.
Eso fue lo último que hablé con ella, ¿podés creer? Y sí, no sé qué le estará pasando, si está mejor o no… Sí, hace como un mes de esto. Evidentemente debe estar muy bien para no hablarme, viste. Ya está, que haga lo que quiera con su vida, yo estoy mejor así. No, en serio, nada más supe. Pero no sabés lo que me pasó ayer, re raro, y me hizo acordar a todo esto, sí, por eso te llamé para contarte. Sí, ayer estaba caminando por la calle y había una de esas mujeres que piden monedas, viste, ahí toda tirada en el centro. Pasé y casi ni la miré. Me pidió una moneda. Cuando me di vuelta para decirle que no tenía, me llamó la atención que, con toda la ropa fea que tenía, estaba usando unos tacos claritos pero re sucios, con bolitas azules alrededor del pie…
Lucía Moviglia 7ºB