domingo, 31 de octubre de 2010

El nuevo verosímil.

La forma de las cosas.

Una mujer menuda,blancuzca,el pelo con permanente color verde,recorrió balanceandose el pasillo del vagón restaurante,spa,cancha de bochas y puesto de chori y se acomodo en el asiento apoyando la cara de frente al vidrio de la ventanilla. Termino de escribir a tinta seca su pedido y dirigió una mirada bizca hacia un marine de mejillas negras y a una chica con la cara en forma de galleta. De un golpe de vista vio un anillo en el dedo lo cual le hizo pensar que estaba casada pero el marine era su amante.
-Ha tenido suerte de venir tan pronto porque esta llenisimo. No hemos podido almorzar porque había bomberos o policías o inspectores o ladrones,vaya usted a saber,los hubiese visto,parecía una fiesta de disfraces.-llenisimo
-Va hasta comienzo del trayecto,señora?- (Dijo la chica)
-Se supone,pero este tren es lento como..., Como...-
-Como el corre caminos! -exclamo la chica.-
-Puf,no se imagina,llevo pegada la cara al vidrio mirando el paisaje. En kasajkistan,de donde soy yo, todo es mas bien húmedo. Así que me da un escalofrío por todo el cuerpo cuando veo esa sequía. -volviendo hacia su amante- -Idiota,crees que estamos en Santiago?-
El miro por la ventana,luego volvió la mirada hacha el compartimiento.
-debe de ser Ruperto.-
De improviso,llego un soldado y se avalanzo sobre el haciento libre al costado de la mujer de pelo verde. La mujer,sabiendo que era un borracho lo miro con desprecio.
Mientras,el negro con delantal negro descargaba su bandeja.
-Lo que yo quiero es un martini,agitado,no revuelto,con una aceituna y dos cascaras de limón.
La chica hundió el tenedor en el pollo a la parrilla.
-no te parece muy barato todo lo que sirven aquí,estúpido?-
El soldado tomo la copa con contenido alcohólico y le dio un sorbo. Comenzó... La cabeza del soldado empezó a balancearse realizando giros sobre el eje del cuello con sacudidas cortas e incontrolables. Hizo una pausa y la cabeza se le quedo fija inclinada hacia atrás. Una convulsión le impulso el cuello hacia abajo y la boca se le estiro de un modo horrible,los ojos se desorbitaron totalmente mirando para lados muy opuestos.
El marine se quedo observando al soldado un momento y luego le extendió un cigarrillo para que fumara.
-Le agradezco,pero el alcohol y el cigarrillo no son una buena combinación.-
-Pero calmese hombre,uno mas no le hará daño.-
-Bueno,esta bien. (el soldado se inclino a tomar el cigarrillo).-
-Lo siento señoritas,disculpenme.-dijo el soldado
-no hay problema,nosotras no entendemos(dijo la mujer).-
Al cabo de unos segundo de haber prendido el cigarrillo y haberlo fumado,el soldado comenzó a convulsionarse y a deslizarse hacia el piso. En poco mas de 10 segundos estaba tieso y muy muerto sobre el piso del compartimiento.
-Que pena,hacen falta soldados para defender nuestra patria.-(dijo la mujer) Y le dio su ultimo bocado al morcirucho que había ordenado.
Por Facundo Giampieri.

sábado, 30 de octubre de 2010

Trabajo Práctico ''La forma de las cosas''

Modificación Kitsch sobre “La forma de las cosas”

De Truman Capote

Por Luciano Ocampo

Una señora alta, el pelo con permanente blanco, recorrió balanceándose el pasillo del vagón restaurante y se acomodó en un asiento al lado de una ventanilla. Terminó de escribir a mano su pedido y dirigió una mirada telescópica, a todo color, a través de la mesa, a un marinero de mejillas coloradas y a una chica con la cara en forma de corazón. De un golpe de vista vio un anillo de oro en el dedo de la chica y una cinta de tela roja enroscada en el pelo y decidió que era una chica ordinaria; mentalmente la etiquetó como yuppie. Con una débil sonrisa la invitó a conversar. La chica sonrió a su vez:

—Ha tenido suerte de venir tan pronto porque está llenísimo. No hemos podido almorzar porque hay tipos comiendo... o algo así. Jopé, tiene que verlos, parecen Boris Karloff, ¡se lo juro! — La voz sonaba como el silbido de una tetera y hacía que la tipa carraspease. Recorriendo el pasillo con la mirada señaló a un grupo del fondo del vagón. — ¡Mire, ahí están!

Uno de los hombres devolvió la mirada y sonrió. Le faltaba un diente, pero el bigote y la barba casi no le dejaba verlos. En su gorro había una esvástica tachada, la insignia soviética, la caripela de Ronald Reagan, la foto del Che Guevara y un pin de Nirvana mal colocado.

—Sí, en serio —dijo con voz ronca—. Antes de este viaje nunca pensé que hubiese tantos en el mundo, universitarios, me refiero. No te das cuenta hasta que subes a un tren. No paro de preguntarme, ¿de dónde han salido?
—Del universo de al lado—dijo la chica, y se rió como una tonta.

Su marido se ruborizó, disculpándose.

—¿Va hasta final de trayecto, señora?
—Se supone, pero este tren es lento como..., como...
—¡Una tortuga! —exclamó la chica, y añadió, sin resuello—: Puf, no se imagina lo emocionada que estoy. Llevo todo el día pegada al paisaje. En Arkansas, de donde yo soy, todo es más bien llano, así que me da un escalofrío por todo el cuerpo cuando veo esas escarpadas. —Y volviéndose hacia su marido—: Cariño, ¿crees que estamos en California?

Él miró por la ventana, en cuyo cristal se espesaba su propio aliento. La luz del propio vagón casi le impedía ver el exterior; pero suponía la imagen traslucida de una pareja en coito entre los pastizales. Luego dos más, tres, cinco, diez… y pierde la cuenta. Un par de bananas tocando la guitarra, flores canoras, una enorme oruga intelectual fumando apio pulverizado y una furgoneta, con la leyenda “La máquina del misterio” mal estacionada, casi encima de la vía.

Evitó devolver la mirada hacia el comedor iluminado.
—D-De…Debe de ser… —conjeturó disimuladamente, y se encogió de hombros. De improviso, desde los vagones de tercera, un tipo se les acercó dando bandazos y se desplomó sobre el asiento libre de la mesa como una muñeca de trapo. Era un hombre gordo, con cables en los oídos, y el uniforme de Mc Donalds apenas aguantaba su barriga. Su cara cuadrada y de facciones toscas, formaba un grueso contraste con la del marinero, y su pelo negro, ondulado bajo el ridículo gorro insignia, parecía adherido como si se tratase de un único bloque, pero no con gomina. Sus ojos cansados escrutaron nebulosamente a los tres ocupantes de la mesa como si hubiera un biombo entre ellos, y con un gesto nervioso se tiró de los dos botones que llevaba cosidos en la manga.

La tipa se removió, incómoda, y se apretó más contra la ventanilla. Con semblante pensativo lo etiquetó de drogadicto, y al ver que la chica arrugaba la nariz supo que compartía su veredicto.

Mientras el negro con delantal blanco descargaba su bandeja, el empleado dijo:

—Lo que yo quiero son dos empanadas de carne, una de roquefort, y dos de jamón y queso.

—Aquí sólo servimos COMIDA, señor…

—Sángüiches de miga, ¿no vende?

— …

—¿Bizcochitos?

— …

—¿Pan?

El negro hurgó en su bolsillo. Sacó pedacitos de servilleta, recetas médicas, un alfajor, cebollas, manteca de cacao y un cuaderno polvoriento. Sacudió el polvo del cuaderno y se lo pasó al gordo. Era el menú.

Hubo un silencio. Luego, el gordo se acomodó el cuello y, luego de revisarlo, pidió un café.


La chica hundió el tenedor en el churrasco y lo separó del bechamel y la crema del cielo.

—¿No te parece carísimo todo lo que sirven aquí, querido?

Y entonces empezó. La cabeza del gordo empezó a balancearse con sacudidas cortas e iteradas. Hizo una pausa y con los ojos cerrados empezó a balancearse como poseído, moviendo las manos como un maricón.

—Oh, Dios mío —exclamó la chica, y la señora soltó el cuchillo de la mantequilla y automáticamente se protegió los ojos con una mano sensible. El marinero miró con aire ausente durante un momento y luego, reponiéndose enseguida, sacó un paquete de tizas.
—Toma, chico —dijo—. Mejor que fumes una, para disimular.
—¿Eh? —El empleado se despegó los auriculares de sus orejas —Ah, gracias..., muy amable —murmuró, y al levantarse chocó su rodilla contra el borde la mesa. Temblaron los cubiertos de plata, el agua desbordó de los vasos. Dejó escapar un gemido afeminado y se tomó la rodilla. Un silencio se prolongó en el aire y una carcajada lejana se esparció por el vagón, cortada en rebanadas redonditas, como el jarabe de un melón.

La chica, entonces, consciente de la atención, se alisó un mechón de pelo detrás de la oreja. La tipa levantó la mirada y se mordió el labio cuando vio que, aún sosteniendo su rodilla, trataba de encender la tiza con una mano.

—Déjeme —se ofreció ella.

La mano le temblaba tanto que en la primera, el encendedor se apagó. Cuando el segundo intento tuvo éxito esbozó una sonrisa forzada. Al cabo de un rato, él se sosegó.

—Estoy tan avergonzado... Perdóneme, por favor.
—Oh, lo comprendemos —dijo la señora—. Lo comprendemos perfectamente.
—¿Le ha dolido? —preguntó la chica.
—No… no fue nada. —dijo sosteniéndose la rodilla.
—Estaba asustada porque pensé que dolía. Lo parece, desde luego.

—No, no, no dolió

—¿Seguro?

—Si.

—¿Ni un poquito?

—No.

—¿Nada de nada?

—No.

—¿No quiere que yo…?

—No.


La señora estiró una mano y la apoyó en el brazo levantado del empleado.

—¿Puedo hacer algo? —dijo.

El gordo giró su cabeza hacia ella y volvió a despegarse los auriculares. —¿Cómo?

—Que si puedo hacer algo —dijo.

El gordo pensó un momento y luego sonrió como un enfermo.
—Lo que hacían para que parase era mirarme a los ojos..., se me pasa si miro a los ojos de alguien.

Ella inclinó la cara hacia él.

—Así —dijo él, y se calmó al instante—, así, ya. Es usted un encanto.

Se produjo un silencio. Sus ojos todavía seguían en contacto.

—¿Y adonde va ahora?
—A California.
—Allí lo esperan, ¿no?
—Sí.

La señora sintió un dolor en los dedos y aflojó de repente la presión intensa sobre el brazo del empleado.

—Allí lo están esperando y tiene que recordar que lo demás no es importante.
—Usted sí que sabe —susurró él—. La quiero. La quiero porque es muy tonta y muy inocente y porque nunca conocerá nada más que lo que ve en las películas. La quiero porque estamos en California y casi he llegado a destino.

La señora apartó la mirada bruscamente. Una tirantez ofendida se engastó en el silencio.


—¿O sea que piensa que eso es todo? —dijo él. Se inclinó sobre la mesa y se pasó la mano por la cara, soñoliento—. Hay eso, pero también hay dignidad...

Se detuvo y arqueó las cejas lujuriosamente.

La señora deslizó dos billetes de tres encima de su cuenta y empujó hacia atrás su silla.
El gordo la agarró suavemente del brazo y le susurró al oído.

—Dale, dame un beso.

—Soltame, ¿me dejás pasar, por favor? —dijo quitándose con desprecio la mano del empleado de su muñeca.

El empleado se levantó y se quedó de pie, mirando el plato intacto de la señora.

—Cómase eso, maldita sea —dijo—. ¡Tiene que comérselo!
—Cómase ésta.


Y luego de hacer el gesto, desapareció en dirección a los vagones.

Un escalofrío recorrió el cuerpo del gordo. La tipa había realmente tomado un bulto bajo el vestido. Había estado tratando de levantarse un trava…

Trabajo Práctico

El nuevo verosímil- La forma de las cosas



Una mujer menuda, blanca te con leche, pelo con permanente barato, caminó borracha hacia el asiento junto a la ventanilla. Ordenó algo para tomar y dirigió una mirada miope a través de la mesa a las dos personas que tenia en frente, donde había un travesti disfrazado de soldado y un cabo a su lado, quien le hacia masajes en la espalda y le apretaba los granitos de pus.

-Ha tenido suerte de venir tan pronto porque está llenísimo. No hemos podido almorzar porque había soldados rusos comiendo- dijo el de la hebilla rosa en el pelo- mientras su masajista le hacia un avioncito con una cucharada de sopa.

-¿Soldados? ¡Si acá veo putos nomás!

-Si- dijo el cabo - soldados putos. El soldado se subió a la mesa y empezó a bailar. ¡Vivan los putos! ¡Vivan los putos! ¡Viva Perón! Sexo, droga y rock and rollenenen. Salió corriendo mostrando sus pantalones de stripper agujereados en el trasero, gordo y peludo.

-Que mala que sos vos eh!- dice el travesti musculoso- ¡Me estaba haciendo masajes y ahora me dejo solooaaaa!

La mujer borracha seguía observando la situación con una mueca de gracia en la cara.

-¿Te quedas hasta el final del recorrido?- pregunta el trava-

- sí sí… por desgracia. Mi macho me espera-. El mozo le trajo una pera.

- Que suerte la tuya querida. Los putos no son como un buen macho, no es lo mismo viste… vos entendés.

- No la verdad que no, pero bueno. No me importa- dijo mientras se comía la pera-.

Luego de unos minutos de silencio interrumpido por el ruido de la mujer comiendo la pera y eructando, de repente aparece en habitáculo el cabo con un anillo de oro en la mano.

- Mirá lo que encontré mi amor, es para vos ¿Te querés casar con migo?-

El travesti lo miró seriamente. Observó el anillo con atención, y luego de unos segundos gritó – ¡ESO NO ES DE ORO PELOTUDO!, es chapa pintada. No me gusta. Además ¿Vivís en un termo o que? ¿No te enteraste que todavía no hay casamiento homosexual?

-NOOOOOOOOOOOOOOOOOO! Adiós, adiós mundo cruel, adiós. ¡Qué he hecho para merecer esto!- gritó el cabo arrojándose de la ventana del tren. ¡ADIOS!

- A Dios no lo vas a ver nunca boludo- dijo la mina.

Manuel Mariani

Nicolas Fichera

El nuevo verosímil- La forma de las cosas

Una mujer menuda, blanca te con leche, pelo con permanente barato, caminó borracha hacia el asiento junto a la ventanilla. Ordenó algo para tomar y dirigió una mirada miope a través de la mesa a las dos personas que tenia en frente, donde había un travesti disfrazado de soldado y un cabo a su lado, quien le hacia masajes en la espalda y le apretaba los granitos de pus.

-Ha tenido suerte de venir tan pronto porque está llenísimo. No hemos podido almorzar porque había soldados rusos comiendo- dijo el de la hebilla rosa en el pelo- mientras su masajista le hacia un avioncito con una cucharada de sopa.

-¿Soldados? ¡Si acá veo putos nomás!

-Si- dijo el cabo - soldados putos. El soldado se subió a la mesa y empezó a bailar. ¡Vivan los putos! ¡Vivan los putos! ¡Viva Perón! Sexo, droga y rock and rollenenen. Salió corriendo mostrando sus pantalones de stripper agujereados en el trasero, gordo y peludo.

-Que mala que sos vos eh!- dice el travesti musculoso- ¡Me estaba haciendo masajes y ahora me dejo solooaaaa!

La mujer borracha seguía observando la situación con una mueca de gracia en la cara.

-¿Te quedas hasta el final del recorrido?- pregunta el trava-

- sí sí… por desgracia. Mi macho me espera-. El mozo le trajo una pera.

- Que suerte la tuya querida. Los putos no son como un buen macho, no es lo mismo viste… vos entendés.

- No la verdad que no, pero bueno. No me importa- dijo mientras se comía la pera-.

Luego de unos minutos de silencio interrumpido por el ruido de la mujer comiendo la pera y eructando, de repente aparece en habitáculo el cabo con un anillo de oro en la mano.

- Mirá lo que encontré mi amor, es para vos ¿Te querés casar con migo?-

El travesti lo miró seriamente. Observó el anillo con atención, y luego de unos segundos gritó – ¡ESO NO ES DE ORO PELOTUDO!, es chapa pintada. No me gusta. Además ¿Vivís en un termo o que? ¿No te enteraste que todavía no hay casamiento homosexual?

-NOOOOOOOOOOOOOOOOOO! Adiós, adiós mundo cruel, adiós. ¡Qué he hecho para merecer esto!- gritó el cabo arrojándose de la ventana del tren. ¡ADIOS!

- A Dios no lo vas a ver nunca boludo- dijo la mina.

Manuel Mariani

Nicolas Fichera

Lo nuevo verosímil

Una mujer menuda de pollo, naranja, el pelo con permanente, recorrió baanceándose el pasillo del vagon retaurante y se acomodó en un asiento al lado de una ventanilla. Encendió un cigarro y, de a bocanadas de humo dulce, escribió en el aire el pedido que habria de hacerle al mozo. Parecia que el tren volaba.. y las caras de los pasajeros eran tan graciosas! de pronto, dirigió una mirada miope, a través de la mesa, a un marine de jengibre de mejillas coloradas y a una chica con la cara en forma de empanada... de un golpe de vista vio un anillo de oro en el dedo de la chica y una cinta de tela roja enroscada en el pelo y decidio que era una chica ordinaria: como osaba casarse con un jengibre?

-He tenido suerte de que se siente a mi lado... no he podido almorzar porque habia soldados rusos comiendo... o algo asi. Jopé, deberia haberlos visto, parecian muchos bob esponja ¡se lo juro! .. créame, empanada!

La voz sonaba como el silbido de una tetera y hacia que la mujer carraspease.

-Si, en serio -dijo-. Antes de este viaje nunca pensé que hubiese tantos en el mundo, soldados, me refiero. No te das cuenta hasta que subes a un tren. No paro de preguntarme, ¿de dónde han salido?
-De las oficinas de reclutamiento, en el fondo del pacifico.. la ciencia ha llegado lejos -dijo la chica.

-¿Va hasta final de trayecto, señora?
-Se supone, pero este tren es lento como... como...
-¡Una tortuga! - exclamó la chica, y añadió, sin resuello-: puf, no se imagina lo emocionada que estoy. Llevo todo el dia pegada al paisaje. En Arkansas, de donde yo soy, todo es más bien llano, asique me da un escalofrio por todo el cuerpo cuando veo esa montañas. -y volviéndose hacia su marido-: cariño, ¿crees que estamos en Carolina?

El miró por la ventana, en cuyo cristal se espesaba el crepúsculo. Se juntaba aprisa la luz azul y las jorobas de la colinas se mezclaban y se devolvían ecos. Desvió la mirada hacia el comedor iluminado.

-Debe de ser Virginia -conjeturó, y se encogió de hombros. De improviso, desde los vagones de tercera, un soldado se les acercó dando bandazos y se desplomó sobre el asiento libre de la mesa como una muñeca de trapo. Era un hombre bajo y el uniforme se le desbordaba en pliegues arrugados. Su cara, flaca y de facciones afiladas, formaba un pálido contraste con la del marine, y su pelo negro, cortado al rape, brillaba a la luz como una gorra de piel de foca. Sus ojos cansados escrutaron nebulosamente a los tres ocupantes de la mesa como si hubiera un biombo entre ellos, y con un gesto nervioso se tiró de los dos galones que llevaba cosidos en la manga.

La mujer se removió, incómoda, y se apretó más contra la ventanilla. Con semblante pensativo lo etiquetó de borracho, y al ver que la chica arrugaba la nariz, supo que compartia su veredicto.

Mientras el negro con delantal blanco descargaba su bandeja, el cabo dijo:

-Lo que yo quiero es café, una cafetera grande y un tazón doble de nata.

La chica hundió el tenedor en el pollo con bechamel.

-¿No te parece carísimo todo lo que sirven aqui, querido?

Y entonces empezó. La cabeza del cabo empezó a balancearse con sacudidas cortas e incontrolables. Hizo una pausa y la cabeza se le quedó grotescamente inclinada hacia delante; una convulsión muscular le inclinó el cuello hacia un costado.

La boca se le estiró de un modo horrible y se le tensaron las venas del cuello.

-Oh, dios mio -exclamó la chica, y la mujer soltó el cuchillo de la mantequilla y automaticamente se protegió los ojos con una mano sensible. El marine miró con aire ausente durante un momento y luego, reponiéndose enseguida, sacó un paquete de tabaco, un disco de música celta, sahumerios, un buda, una hamaca paraguaya, un tereré y un títere.
-Toma, chico -dijo-. Mejor que no toques nada, esto se va a poner bien feo.
-Por favor, gracias.... muy amable -murmuró el soldado, y después estampó contra la mesa un puño con los nudillos blancos. Temblaron los cubiertos de plata, el agua desbordó de los vasos. Un silencio se prolongó en el aire y una carcajada lejana se esparció por el vagón, cortada en rebanadas iguales, cual salchicha vieníssima.

La chica, entonces, consciente de la atención, se alisó un mechón de pelo detrás del repulgue. La mujer levantó la mirada y se mordió el labio pensando en que el mozo todavia no llegaba.
La mujer se avalanzó sobre la chica y no pudo evitar darle un mordiscón.

-Estoy tan avergonzada... perdóneme, por favor.
-Argh, la comprendemos -dijo el jengibre-. La comprendemos perfectamente.
-¿Le ha dolido? -preguntó la mujer.
-No, no duele.
-Estaba muerta de hambre. ¿No es como una especie de pollo con salsa blanca?
-Receta de la casa- contestó la chica.

El camarero depositó el café y la mujer trató de ayudarle. El le apartó la mano, con un pequeño empujón irritado.

-No haga eso, por favor. ¡Sé hacerlo yo!

La mujer deslizó dos billetes encima de su cuenta y empujó hacia atrás su silla.

-¿Me deja pasar, por favor? -dijo, y se fue fumando en su nave espacial del futuro.

pagella
urtubey

martes, 26 de octubre de 2010

La Fama de las Cosas

La Fama de las Cosas

Una mujer menuda, blanca, el pelo con permanente teñido de rojo, recorrió contoneándose el pasillo del vagón restaurante y se arrellanó en un asiento al lado de una ventanilla. Escribió con su labial rojo su pedido en un papel y dirigió una mirada miope a través de la mesa a una pareja que se encontraba enfrente. Escudriñó a la chica (que llevaba un irritante anillo de oro) y la etiquetó como esposa de guerra, una “mujerzuela”. No obstante la invitó a conversar.
-Ha tenido suerte de venir tan pronto porque está llenísimo. No hemos podido almorzar porque había soldados rusos comiendo, o soldados alemanes, o soldados turcos, o soldados vietnamitas, o algo así. ¡Al carajo! Debería haberlos visto, parecían Boris Karloff, se lo juro!
Su voz sonaba tan irritante como su anillo de oro (falsas promesas de su acompañante).
-Sí, en serio –dijo-. Antes de este viaje nunca pensé que hubiese tantos en el mundo, soldados, tantos soldados me refiero. No te das cuenta hasta que subes a un velero. No paro de preguntarme, ¿cuándo llegamos? Ya no me aguanto a esta sarta de chusma maloliente. ¿De dónde han salido?
-De las parrillas de reclutamiento –dijo la chica, y se rió como la tonta de la novela de la tarde.
Su marido, envuelto en una bata floreada, se ruborizó, disculpándose.
-¿Va hasta la siguiente estación, señora?
-No, me bajé en la anterior… No, se supone que hasta el final del recorrido, pero este tren es lento como… como…
-¡El Correcaminos!- exclamó la chica - Recién en el pasillo me encontré con un soldado que estuvo peleando diez años en la guerra, y ahora, con lo mal que está el ferrocarril, está tardando diez años en regresar a su patria, y añadió, sin resuello-: Puf, no se imagina lo emocionada que estoy, llevo todo el día pegada al paisaje. En Arkansas, de donde yo soy, todo es más bien llano, así que me da un escalofrío de película por todo el cuerpo cuando veo esas montañas. –Y volviéndose hacia su marido: -Cariño, ¿crees que ya estamos en Carolina, o estamos todavía en Jessica, o en Victoria?
-No tesoro, debe ser Virginia, porque ya pasamos Elsa y Filomena.
Desde los acoplados de tercera se acercó un soldado saltando a la rayuela y se desplomó en el asiento libre de la mesa con una exhalación de alcohol.
La mujer se removió, incómoda, y se apretujó más contra la ventanilla. Lo etiquetó de borracho, y al ver que la chica arrugaba la nariz supo que compartía su veredicto.
El hombre dijo: -Yo quiero una cafetera grande con café y una azucarera con azúcar… -Y entonces empezó. La cabeza del cabo empezó a sacudirse incontrolablemente, atacado por fuertes contracciones. Su cuerpo no estaba biológicamente preparado para ello, así que murió.
La mujer pagó el café.

Camila Burry
Regina Korell

domingo, 24 de octubre de 2010

El nuevo verosímil- La forma de las cosas

Una mujer menuda, tan blanca que daba impresión de moribunda, fantasmagórica, el pelo con permanente, pero con rulos descontrolados que creaban un efecto particular, haciendo que su cabeza pareciera aún más grande, recorrió balanceándose bruscamente el pasillo del vagón restaurante (a simple vista parecía haber salido hacía poco tiempo de un manicomio), y se acomodó en un asiento al lado de la ventanilla. Sacó un lápiz de su bolsillo, mas se limitó simplemente a rayonear el papel mientras esperaba que el camarero llegara a recibir su pedido, y dirigió una mirada miope, a través de la mesa, a un marine de mejillas coloradas y a una chica con la cara en forma de corazón. De un golpe de vista vio un anillo de oro que se perdía en el anular de la chica, por entre cientos de otros anillos de distintos colores y grosores que atiborraban el resto de sus dedos, de forma casi grotesca, y una cinta de tela roja enroscada en el pelo y decidió que era una chica ordinaria; mentalmente la etiquetó como esposa de guerra. Con una débil pero auténtica sonrisa la invitó a conversar. La chica sonrió a su vez, más por compromiso que por otra cosa, ya que se sintió bastante incómoda.

Ha tenido suerte de venir tan pronto porque está llenísimo. Desde que sirven estos platos tan deliciosos, el vagón se llena de gente, especialmente de soldados rusos, que arrasan con lo que haya cuando llegan, y no dejan comida para el resto de los comensales. ¡ Jopé , debería haberlos visto, parecían Boris Karloff, se lo juro!

La voz sonaba como el silbido de una tetera, aguda, irritante y hacía que la mujer carraspease.

- Sí, en serio-dijo-. Antes de este viaje nunca pensé que hubiese tantos en el mundo, soldados, me refiero. Si bien los he visto en películas de guerra y acción y todas esas cosas, nunca hubiera pensado que también estaban alrededor mío, que eran reales. Y es que desde que se emite por vía satelital, el reality show de donde salen llega a una gran cantidad de países que copian ese programa, creando más soldados.

- Yo creía que salían de oficinas de reclutamiento- dijo la chica, riéndose incómodamente y con vergüenza.

Su marido se ruborizó, disculpándose.

- ¿Va hasta el final del trayecto, señora?

- Se supone, pero este tren es lento como, como…

- ¡Una tortuga!- exclamó la chica y añadió, como apenada- me gustaría tener uno de esos relojes que acelera o atrasa el tiempo, dependiendo de las necesidades de cada uno, no? No me estaría perdiendo el último capítulo de Botineras, por ejemplo, pero bueno, no hay nada que se pueda hacer al respecto.

- Mmmm… yo tengo uno de esos relojes-contestó la mujer, y al ver como se iluminó el rostro de la joven, y como se hinchó su pecho con la esperanza de llegar a ver el final de la novela y además ver los comentarios de los actores, agregó- pero no tiene pilas.

Ante la decepción de la chica, decidió cambiar rápidamente de tema.

- ¿ Por dónde creen que estemos?¿ Podrá ser Carolina?

El hombre miró por la ventana, con un movimiento automático, y se quedó pensativo, mirando cómo el sol se escondía detrás de los carteles luminosos, todavía apagados, que informaban que se hallaban a 3 kilómetros del casino del Estado de Virginia.

- Debe ser Virginia- agregó.

- ¿Cómo lo sabes?- contestó la chica, sorprendida por las capacidades de su marido.

- Porque estaba escrito en un cartel, y porque además está por llover, y siempre llueve en Virginia.

- ¿Y eso como lo sabes?- volvió a inquirir.

- Porque anunciaron en Crónica TV que iba a haber mal tiempo en toda esta región del país.

- ¿ Y tú le crees a esos farsantes?- dijo la mujer- Quiero decir, esos meteorólogos siempre se equivocan, es más, ni si quiera son meteorólogos, son personas que van por su minuto de fama en la televisión y ni siquiera saben la diferencia entre lluvia y granizo.

- Ehmmm, disculpe que la contradiga, señora, pero yo trabajo en ese lugar y le puedo garantizar que ellos tienen la verdad.

- ¡Oh, miren!- exclamó la joven, tratando de desviar la conversación para evitar problemas.

Los tres observaron atentamente hacia la minúscula puerta que comunicaba el vagón restaurante conn los vagones de tercera. Algo se movía del otro lado, como queriendo cruzarla, pero sin lograr su objetivo. De repente se escuchó un ruido como de glóbulos rojos viajando por la sangre, y la puertecita estalló en miles de astillas, que llegaron hasta la sopa del hombre de galera amarilla que estaba sentado en el primer asiento del vagón. Por el minúsculo túnel que ahora podía verse, un soldado forcejeaba para cruzarlo y, de una vez por todas, poder ingresar al restaurante. Una vez que cruzó el túnel, se les acercó dando bandazos y se desplomó sobre el asiento libre de la mesa como una muñeca de trapo. Era un hombre bajo y el uniforme se le desbordaba en pliegues arrugados, pero de manera completamente excesiva. Su cara, flaca y de facciones afiladas y peluda, formaba un pálido contraste con la del marine, y su pelo negro, cortado al rape, pero con varias entradas en la cabeza, brillaba a la luz como una gorra de piel de foca.

La mujer, a su lado, luego de haberse apretado más contra la ventana, lo miró escrupulosamente, y observó que él también llevaba una excesiva y burda cantidad de anillos en sus dedos. Con semblante pensativo lo etiquetó de borracho, y al ver que la chica arrugaba la nariz supo que compartía su veredicto.

Mientras el negro con delantal descargaba su bandeja, el cabo dijo:

- Quiero un café, pero que esté frío por favor, y tráigame también una cafetera grande.

Los otros comensales lo miraron lastimosamente. Nuevamente, la chica inició una conversación para escapar al bache incómodo de silencio interminable que siguió al comentario del soldado, y tras darle el primer mordisco a su mcnífica triple con un combo chico de papas y coca-cola, dijo:

- ¿No te parece carísimo todo lo que sirven aquí?

Y entonces empezó. La cabeza del cabo empezó a balancearse con sacudidas cortas e incontrolables. Hizo una pausa y la cabeza se le quedó grotescamente inclinada hacia adelante. Muy lentamente comenzó a levantarla hasta dejarla quieta en el eje normal de la misma. Tras unos eternos segundos de silencio, el soldado inició un particular sonido, o más bien ruido, con los labios. Saltó rápidamente hacia el costado de la mesa, haciendo todavía ese sonido indescifrable y comenzó a mover la pelvis; del techo del vagón se abrieron unas pequeñas compuertas y bajaron muy lentamente, pero a compás, una bola de disco y seis altoparlantes, siguiendo la música de Michael Jackson.

Un baile de zombies liderado por el soldado alejó la vista de los comensales de sus respectivos platos. El hombre de la galera amarilla bailaba desaforadamente, como extasiado por la música que oía.

- ¡Oh, Dios mío!- exclamó la chica y la mujer soltó el cuchillo de la mantequilla y automáticamente se protegió los ojos con una mano sensible. El marine miró con aire ausente durante un momento, y luego, reponiéndose enseguida sacó un paquete de tabaco e intentó prenderse un cigarrillo, pero estaba tan atónito con el show que se estaba llevando a cabo frente a sus ojos que no pudo hacerlo.

- Déjame- se ofreció ella.

La mano le temblaba tanto que la primera cerilla se apagó. Cuando el segundo intento tuvo éxito esbozó una sonrisa forzada. Mientras tanto, el baile estaba llegando a su fin, las persianas del vagón se levantaron, permitiendo que una tenue luz de atardecer entrara por las ventanas, los parlantes y la bola de disco desaparecieron en el techo, y todos los viajantes volvieron a sus respectivos sitios, y retornaron a su aspecto anterior, como si nada hubiera ocurrido.

El cabo se sentó junto a la señora y la miró fijamente, esperando una respuesta respecto a su performance. La mujer apartó la mirada bruscamente. Una tirantez ofendida se engastó en el silencio. No fue necesaria ninguna palabra.

La mujer deslizó dos billetes encima de su cuenta y empujó hacia atrás su silla.

- ¿Me deja pasar, por favor?- dijo.

El cabo se levantó y se quedó de pie, mirando el plato intacto de la mujer.

- Cómase eso, maldita sea- dijo- ¡tiene que comérselo!

Y luego, sin mirar atrás, desapareció en dirección a los vagones.

La mujer pagó el café.


IBARRA OLALLA

TOZONOTTI

Trabajo Práctico N°2 El nuevo verosímil, la forma de las cosas.

El nuevo verosímil, la forma de las cosas.

Una mujer menuda, blanca, el pelo con permanente, vestida con un hermoso traje de baño estampado con flores, recorrió balanceándose el pasillo del vagón restaurante y se acomodó en un asiento al lado de una ventanilla. Cuando terminó de hacer su pedido, vio una pareja de locos, gordos y bajitos en la mesa vecina, a quienes invitó a conversar, y de un salto majestuoso se cambiaron de mesa.

- ¡Qué hermoso día! el sol parece más brillante entre las jorobas de las colinas.

- Si, y las estrellas son mas grandes aquí en Virginia, en Carolina, o en donde sea que estemos.

- En el lugar donde yo vivo, los gigantescos edificios no me permiten apreciar estos hermosos milagros de la naturaleza, cómo quisiera volver el tiempo atrás y jugar entre los árboles y las colinas como en los tiempos de mi infancia…

De improviso, la mujer fue interrunpida y de los vagones de tercera, un soldado se les acerco dando bandazos y sin poder frenar sus patines se desplomó sobre el asiento de la mesa vecina como una muñeca de trapo. El cabo era bajo, de tez negra, su uniforme estaba sucio y arrugado. Su cabeza no tenia pelo y sus ojos cansados escudriñaron a los tres ocupantes de la mesa.

Unos minutos más tarde apareció el mozo:

-aquí les traigo el pedido.

Aprovechando la presencia de este, el cabo ordenó: un café, una cafetera, un tazón de doble nata, una azucarera, una cuchara, un plato, medias lunas y un puñado de afecto.

-Los camareros de antes sabían bien a quienes debían darle prioridad… ¿no te parece querido?- Dijo la loca bajita.

Con voz de mujer su marido le contestó: - Claro que sí, pero este descuido se verá afectado en su propina.

Repentinamente el cabo comenzó a descompensarse y su cabeza se balanceaba sin cesar, sus ojos se tornaron un color rojizo intenso. Por un instante, se calmó, pero segundos más tarde todo su cuerpo comenzó a girar rápidamente sobre su propio eje, finalmente se transformo en el súper héroe más reconocido, era Súperman, quien arrebato a la débil mujer, quien estaba en peligro junto a esa pareja de locos.

Melanie Michelle Melin y Manuela Olalde

"El nuevo verosímil"

Una mujer menuda, blanca, el pelo con permanente atado con diversas hebillas de múltiples colores, portando un largo vestido floreado, un sombrero fauve, y un tapado con tonos saturados, recorrió balanceándose el pasillo del vagón del restaurante y se acomodó elegantemente en un asiento al lado de una ventanilla. Terminó de escribir su pedido con su lapicera bañada en oro, y dirigió una mirada miope, a través de la mesa, a un marine de mejillas coloradas y a una chica con la cara en forma de corazón. Ojeó que la chica tenía un anillo de oro en el dedo, y una cinta de tela roja enroscada en el pelo y decidió que era una chica ordinaria; mentalmente la etiquetó como esposa de guerra. Con una falsa sonrisa, la dama invitó a la muchacha a conversar. Ésta sonrió a su vez:
- Tuvo suerte de venir tan rápido. Está muy lleno ¿vio? ¡Imagínese! Todavía no pudimos ni almorzar por esos soldados rusos que están ahí tragando. ¡Jopé, debería haberlos visto, parecían Boris Karloff, eran monstruosos!
Su voz sonaba como el silbido agudo y penetrante de una tetera, y hacía que la mujer carraspease.
- Sí, realmente –dijo, mientras acomodaba su cabello detrás de la oreja, y levantaba bruscamente a cabeza como en un intento de parecer elegante-. Antes de este voyage jamás pensé que hubiera tantos soldados. La gente como uno no los nota hasta que se sube a un tren. Me es imposible dejar de preguntarme de dónde han salido.
- ¿De dónde van a salir? De las oficinas de reclutamiento –dijo la chica, y se rió como una tonta.
Su marido, avergonzado, se ruborizó.
- ¿Va hasta el final del trayecto, señora?
- Sí, supuestamente. Pero este tren es lento como…, como…
- ¡Una babosa! –exclamó inescrupulosa la chica, y añadió sin resuello-: Puff, ¡no se imagina lo emocionada que estoy! Llevo todo el día pegadita al paisaje. En mi pueblo todo es más como llano, así que se me pone la carne de gallina cuando veo esas montañotas. –Y volviéndose a su marido-: Cariño, ¿crees que estamos en Carolina?
Él miró por la ventana, en cuyo cristal se espesaba el crepúsculo. Desvió la mirada hacia el comedor iluminado.
-Debe de ser Virginia –conjeturó y se encogió de hombros. De pronto, desde los vagones de tercera, un soldado se les acercó dando bandazos y se desplomó sobre el asiento libre de la mesa como una muñeca de trapo. Era un hombre bajo y el uniforme se le desbordaba en pliegues arrugados. Su cara, flaca y de facciones afiladas, formaba un pálido contraste con la del marine, y su pelo negro, cortado al rape, brillaba a la luz como una gorra de piel de foca. Sus ojos cansados escrutaron nebulosamente a los tres ocupantes de la mesa como si hubiera un biombo entre ellos, y con un gesto nervioso se tiró de los dos galones que llevaba cosidos en la manga.
La mujer se removió en el lugar, en un intento de mostrarse incómoda, y se apretó más contra la ventanilla. Con semblante pensativo lo etiquetó de borracho, y al ver que la muchacha arrugaba la nariz, concluyó que ésta coincidía en su juicio.
Mientras el negro con delantal blanco descargaba su bandeja, el cabo dijo:
-Lo que yo quiero es café, una cafetera enorme, con cinco litros de café bien fuerte, tres tazones dobles de nata, y una considerable bandeja de manteca para poder untar abundantemente sobre las tostadas. ¡Ah, y, por favor, agréguele una porción de torta de chocolate para complementar! Por último, un licuado de bananas.
La chica hundió el tenedor en el pollo con bechamel.
-¿No te parece carísimo todo lo que sirven aquí, querido?
Y entonces empezó. La cabeza del cabo comenzó a balancearse con sacudidas cortas e incontrolables. Hizo una pausa y la cabeza se le quedó grotescamente inclinada hacia adelante; una convulsión muscular le impulsó el cuello hacia un costado. La boca se le estiró de un modo horrible y se le tensaron las venas del cuello.
-¡Oh, Dios mío! –exclamó la chica, y la mujer soltó el cuchillo de la manteca y tan rápido como pudo se protegió los ojos con una mano, mirando a la chica con una exagerada expresión de horror en su rostro. El marine miró con aire ausente durante un momento y luego, reponiéndose enseguida, sacó un paquete de tabaco.
-Toma, chico –dijo-. Mejor que fumes uno.
-Por favor, gracias…, muy amable –murmuró el soldado, y después estampó contra la mesa un puño con los nudillos blancos. Temblaron los cubiertos de plata, el agua desbordó de los vasos. Un silencio se prolongó en el aire y una carcajada lejana se esparció por el vagón.
La chica, entonces, consciente de la atención, se acomodó levemente la falda. La mujer levantó la mirada bruscamente, y vio al cabo tratar de encender el cigarrillo. Luego de pensar cómo reaccionar para no desentonar con la situación, decidió morderse el labio y rascarse suavemente el brazo, con un aire de preocupación.
-Déjeme –se ofreció ella, considerando que ese gesto de compasión podría ser interpretado positivamente por los espectadores.
Hizo temblar su mano descomunalmente, de forma tal que la primera cerilla se apagó. Consideró que un intento era suficiente para demostrar inquietud, y al lograr encender el cigarrillo con la segunda cerilla, esbozó una sonrisa forzada. Al cabo de un rato, él se sosegó.
-Estoy tan avergonzado… Perdóneme, por favor.
-Oh, lo comprendemos –dijo la mujer, pretendiendo que su presencia no le producía un rechazo absoluto-. Lo comprendemos perfectamente.
-¿Le ha dolido? –preguntó la chica.
-No, no duele.
-Estaba asustada porque pensé que dolía. Realmente parece que duele. ¿No es como el hipo?
Dio un respingo súbito, como si alguien le hubiese dado una patada.
El cabo recorrió con el dedo el borde de la mesa y poco después dijo:
-Estaba bien hasta que subí al tren. Me dijeron que estaría bien. Me dijeron: «Estás bien, soldado.» Pero es la emoción, saber que ya estás en tu país y libre y que la maldita espera ha terminado.
Se frotó un ojo.
-Lo siento –dijo.
El camarero depositó el café y la mujer visiblemente trató de ayudarle. Él le apartó la mano, con un pequeño empujón irritado.
-¡No haga eso, por favor! ¡Se hacerlo yo!
Avergonzada por la situación, y con temor de haber sido demasiado evidente, la mujer se volvió hacia la ventanilla y se miró a sí misma reflejada en ella. Empezó a pensar si las otras personas ya habrían notado que su compasión no era sincera, que su elegancia no era verdadera, y que su vida estaba dedicada a la actuación. Encauzando sus pensamientos hacia otro sitio, siguió el trayecto solemne del tenedor del marine desde el plato hasta la boca. La chica comía ahora con voracidad, pero a la mujer se le enfriaba la comida. Notó por la actitud de los demás que habían pasado el hecho de largo.
Entonces empezó otra vez, aunque no fue tan violento como antes. En el resplandor crudo del foco de un tren que se acercaba, se tornó borroso el reflejo de la cara, y la mujer suspiró.
Él estaba jurando en voz baja y sonaba más como si rezase. Se agarró como un poseso los lados de la cabeza entre el fuerte torno de las manos.
-Oye, chico, más vale que te vea un médico –sugirió el marine.
La mujer estiró una mano y la apoyó en el brazo levantado del cabo, esta vez más disimuladamente.
-¿Puedo hacer algo? –dijo, expectante.
-Lo que hacían para que parase era mirarme a los ojos…, se me pasa si miro a los ojos de alguien.
Ella inclinó forzosamente la cara hacia él.
-Así –dijo él, y se calmó al instante-, así, ya. Es usted un encanto.
-¿Dónde fue? –inquirió ella, regocijada por el comentario del soldado.
Él frunció el ceño y dijo:
-Hubo cantidad de sitios…, son mis nervios. Están destrozados.
-¿Y adónde va ahora?
-A Virginia.
-Allí está su casa, ¿no? –preguntó la mujer, creyéndose así más simpática.
-Sí, allí está.
Sintió los dedos cansados de apretar intensamente el brazo del cabo, y consideró que no era necesario seguir haciéndolo.
-Allí está su casa y tiene que recordar que lo demás no es importante.
-Usted sí que sabe –susurró él-. La quiero. La quiero porque es muy tonta y muy inocente y porque nunca conocerá nada más que lo que ve en las películas. La quiero porque estamos en Virginia, y casi he llegado a casa.
La mujer apartó la mirada bruscamente. Se sintió ofendida por el soldado, y la invadió un impulso por gritarle lo patético que le resultaba, pero en seguida logró mantener la calma, y sus palabras no trascendieron de sus pensamientos.
-¿O sea que piensa que eso es todo? –dijo él. Se inclinó sobre la mesa y se pasó la mano por la cara, soñoliento-. Hay eso, pero también hay dignidad. Y cuando pasa delante de gente que conozco de siempre, ¿entonces qué? ¿Cree que quiero sentarme a la mesa con ellos o con alguien como usted y producirles náuseas? ¿Cree que quiero asustar a una niña como ésta de aquí y meterle ideas en la cabeza sobre su hombre? He esperado meses, y me dicen que estoy bien pero la primera vez…
Se detuvo y arqueó las cejas.
La mujer deslizó dos billetes encima de su cuenta y empujó hacia atrás su silla, sintiéndose humillada.
-¿Me deja pasar, por favor? –dijo.
El cabo se levantó y se quedó de pie, mirando el plato intacto de la mujer.
-Cómase eso, maldita sea –dijo-. ¡Tiene que comérselo!
Y luego, sin mirar atrás, desapareció en dirección a los vagones.
La mujer pagó el café.

sábado, 23 de octubre de 2010

Trabajo sobre "El nuevo verosímil"

Una mujer menuda, blanca teta, el pelo con permanente y hebillas de colores con flores y pájaros y uñas esculpidas –qué se yo de qué colores- recorrió, balanceando exageradamente sus grandes nalgas, el pasillo del vagón restaurante. Se acomodó en un asiento al lado de una ventanilla desde donde se veía el hermoso paisaje, lleno de montañas con lagos cubiertos de árboles y flores, peces de colores que saltaban por encima de pequeños puentes, con casas de altísimas columnas de mármol veteado y chimeneas de ladrillo humeantes. La mujer se emocionó al ver tan divino lugar, parecía un cuento, lleno de hadas y faunos saltando. En su misma mesa se encontraban un marino y una chica, tan ordinaria que se había ido al comedor en pantuflas. Como era costumbre en ella, luego de ordenar su comida, sacó conversación.

-¿Vieron la pelea de ayer?

-Sí, durísima.

-Fort ya parece un profesional, deberían pagarle más.

-¡Totalmente!, esos tatuajes me vuelven loca además… mucho más que mi marido en bolas.

-Más que cualquiera, ¡seguro!

El marino aburrido de la conversación, empezó a frotar y lustrar sus músculos, enormes protuberancias, aún más que las de Ricky. La orquesta -que ahora tocaba la novena sinfonía- sonaba al fondo del vagón, y las mujeres seguían hablando cada vez más fuerte al no poder escucharse. Su voz era como un constante cacareo. El marino había sacado una lustradora de su bolso de mano, y comenzó a pasársela sobre el pecho, en donde tenía un tatuaje de corazón cruzado por una flecha y más abajo la letra de “El taxista”, de Ricardo Arjona, su más grande ídolo. En ese mismo momento aparecieron nuevamente en el vagón los soldados rusos, algunos con grandes gorros de piel y vendiendo relojes de Ben 10, otros bailando al compás de la novena, algunos jugando a las bolitas, otros tocándoselas. Venían a admirar los tatuajes del marino.

Minutos más tarde comenzaron a escucharse aplausos y ovaciones desde el vagón siguiente, ruidos de cámaras fotográficas y flashes.

-Debe de ser Virginia… Gallardo.

-¡¡¡¡¡¡Oh, sí. Y está viniendo hacia acá!!!!!!

Virginia entró al vagón de las mujeres en un caballo blanco con torzadas en su cabello, luciendo un flamante vestido de lentejuelas rojas largo hasta los pies y un tajo hasta la rodilla desde donde se veía una larga trenza de vello. Y detrás de ella, el superstar, el gran rey de la farándula, recibido con trompetas, palomas blancas y alfombra roja. Ricky entró al vagón desfilando en un monopatín dorado y vestido de soldado, escoltado por un negro vestido de blanco bailando merengue.

En ese momento, las dos mujeres del vagón dieron un salto hasta donde se encontraba él, al igual que el resto de mujeres que allí se encontraban (y también los hombres).

Una encima de la otra comenzaron a empujarse, a apretarse cada vez más y más hasta llegar a Ricky, hasta tocarle tan solo una mano. El vagón empezó a bambolearse, las mujeres gritaban y el caballo de Virginia empezó a volverse loco. Se armó alto bardo.

Y entonces empezó. La cabeza de Ricky empezó a balancearse con sacudidas cortas e incontrolables. Hizo una pausa y la cabeza se le quedó grotescamente inclinada hacia delante; una convulsión muscular le impulsó el cuello hacia un costado. La boca se le estiró de un modo horrible y se le tensaron las venas del cuello.

Las mujeres seguían gritando y saltando hasta llegar a él. En medio del gran revuelo, empujaron de tal manera el caballo que la platinada peluca de Virginia salió volando por los aires.

-¡Paren, radicales!- gritó Virginia, que ya no tenía voz de Virginia, sino de Cacho.

El vagón entero quedó estupefacto ante ella, o él. Hombres y mujeres miraban con ojos como platos hacia “Virginia”, que bajó tan rápidamente del caballo que por un segundo se le escapó la tortuga. A grandes zancadas llegó hasta la mujer en pantuflas que había alcanzado a agarrar su peluca y de un manotazo se la arrancó de las manos.

-Harta, me tienen…- sentenció. Prendió un cigarrillo caminando hacia la puerta, con las piernas arqueadas – con las bolas entre paréntesis, por decirlo de otra manera- por el caballo y salió.

Las dos mujeres salieron del vagón hacia sus habitaciones, todavía estupefactas y algo decepcionadas.

-Bueno, al menos nos fuimos sin pagar…-

Fin.


Milena Harry

Tomas Laguens

domingo, 17 de octubre de 2010

Trabajo numero 2: "El nuevo verosímil"

Era el final de la guerra, y el tren tortuga era un hormiguero de soldados rusos.Una mujer menuda, con la piel tan blanca y pálida que se le notaban las venas azuladas que recorrían sus brazos, recorrió a pasos de elefante el vagón restaurante y se acomodó junto a la ventanilla, en un asiento con forma de pez. Observó el vagón, mientras de fondo se escuchaba, con muy mala calidad de sonido, baladas románticas cantadas por el desafinado de turno envuelto en una bata roja y moviéndose al ritmo de “Rosa rosa la maravillosa”.
Con una sonrrisa invitó a conversar a la chica cara de corazón que estaba junto a ella. No necesitó observarla mucho para afirmar que la joven era ordinaria. Su anillo de plástico dorado, el pelo de escoba teñido de un color indefinido, entre naranja y rubio, su ceñida pollera roja y la cinta roja enganchada al grasoso flequillo la caracterizaban de esa manera. Cruzaron algunas palabras pero inmediatamente la mujer se distrajo con los cachetes en forma de tomate del marine que la acompañaba. Este hombre se movía y cantaba a un volumen exagerado la melodía que el desafinado emitía en este momento. A medida que cantaba sus cachetes se ponían cada vez mas y mas rojos, hasta llegar a un color bordo que se comparaba con la bata del cantante.
Un soldado, que se asemejaba a un perro Shar-pei por su uniforme plegado y completamente arrugado, corrió a la mesa en la que estaban ubicados la mujer junto a cara de tomate y cara de corazón, interrumpiendo su cena y quitandole protagonismo al marine cantor. Se desplomó como una muñeca de trapo en el asiento y comenzó a balancearse con sacudidas cortas e incontrolables. Hizo una pausa, y mientras su cuello se tensó, se inclinó hacia un costado, vomitando la comida de la mujer y destilando un asqueroso e inevitable olor a alcohol. La mujer, asustada del soldado, corrió a los brazos del cantante que, para ese momento, estaba luciéndose con un reggeton. La ordinaria chica, por otro lado, empezó a gritar tan fuerte, que su voz de tetera hirviendo hizo callar a todo el mundo, inclusive al cabo, que gracias a eso, se aturdió y logro calmarse.
Aprovechando este momento de menos tensión, La mujer pagó la milanesa a caballo con papas fritas (ahora todas vomitadas por el soldado), y comenzó a caminar lejos del cabo. Este último, acostumbrado a no desperdiciar comida, se acomodó en el asiento de pez, se coloco la servilleta y cenó la milanesa con papas que la mujer había dejado.
En ese momento, se escucha un grito de “Corte!” que da la pauta que acaba de finalizar la escena. Se cortan las luces que ambientaban el estudio televisivo, y los productores del programa desarman la escenografía del vagón. Los actores cansados de repetir una y otra vez las escenas, para lograr lo que el director busca, se dirigen a sus camarines y se sacan su vestuario de cara de tomate y de corazón, para volver a ser las personas de siempre y dando por finalizada su jornada de trabajo se dirigen a sus casas.