domingo, 31 de octubre de 2010

El nuevo verosímil.

La forma de las cosas.

Una mujer menuda,blancuzca,el pelo con permanente color verde,recorrió balanceandose el pasillo del vagón restaurante,spa,cancha de bochas y puesto de chori y se acomodo en el asiento apoyando la cara de frente al vidrio de la ventanilla. Termino de escribir a tinta seca su pedido y dirigió una mirada bizca hacia un marine de mejillas negras y a una chica con la cara en forma de galleta. De un golpe de vista vio un anillo en el dedo lo cual le hizo pensar que estaba casada pero el marine era su amante.
-Ha tenido suerte de venir tan pronto porque esta llenisimo. No hemos podido almorzar porque había bomberos o policías o inspectores o ladrones,vaya usted a saber,los hubiese visto,parecía una fiesta de disfraces.-llenisimo
-Va hasta comienzo del trayecto,señora?- (Dijo la chica)
-Se supone,pero este tren es lento como..., Como...-
-Como el corre caminos! -exclamo la chica.-
-Puf,no se imagina,llevo pegada la cara al vidrio mirando el paisaje. En kasajkistan,de donde soy yo, todo es mas bien húmedo. Así que me da un escalofrío por todo el cuerpo cuando veo esa sequía. -volviendo hacia su amante- -Idiota,crees que estamos en Santiago?-
El miro por la ventana,luego volvió la mirada hacha el compartimiento.
-debe de ser Ruperto.-
De improviso,llego un soldado y se avalanzo sobre el haciento libre al costado de la mujer de pelo verde. La mujer,sabiendo que era un borracho lo miro con desprecio.
Mientras,el negro con delantal negro descargaba su bandeja.
-Lo que yo quiero es un martini,agitado,no revuelto,con una aceituna y dos cascaras de limón.
La chica hundió el tenedor en el pollo a la parrilla.
-no te parece muy barato todo lo que sirven aquí,estúpido?-
El soldado tomo la copa con contenido alcohólico y le dio un sorbo. Comenzó... La cabeza del soldado empezó a balancearse realizando giros sobre el eje del cuello con sacudidas cortas e incontrolables. Hizo una pausa y la cabeza se le quedo fija inclinada hacia atrás. Una convulsión le impulso el cuello hacia abajo y la boca se le estiro de un modo horrible,los ojos se desorbitaron totalmente mirando para lados muy opuestos.
El marine se quedo observando al soldado un momento y luego le extendió un cigarrillo para que fumara.
-Le agradezco,pero el alcohol y el cigarrillo no son una buena combinación.-
-Pero calmese hombre,uno mas no le hará daño.-
-Bueno,esta bien. (el soldado se inclino a tomar el cigarrillo).-
-Lo siento señoritas,disculpenme.-dijo el soldado
-no hay problema,nosotras no entendemos(dijo la mujer).-
Al cabo de unos segundo de haber prendido el cigarrillo y haberlo fumado,el soldado comenzó a convulsionarse y a deslizarse hacia el piso. En poco mas de 10 segundos estaba tieso y muy muerto sobre el piso del compartimiento.
-Que pena,hacen falta soldados para defender nuestra patria.-(dijo la mujer) Y le dio su ultimo bocado al morcirucho que había ordenado.
Por Facundo Giampieri.

sábado, 30 de octubre de 2010

Trabajo Práctico ''La forma de las cosas''

Modificación Kitsch sobre “La forma de las cosas”

De Truman Capote

Por Luciano Ocampo

Una señora alta, el pelo con permanente blanco, recorrió balanceándose el pasillo del vagón restaurante y se acomodó en un asiento al lado de una ventanilla. Terminó de escribir a mano su pedido y dirigió una mirada telescópica, a todo color, a través de la mesa, a un marinero de mejillas coloradas y a una chica con la cara en forma de corazón. De un golpe de vista vio un anillo de oro en el dedo de la chica y una cinta de tela roja enroscada en el pelo y decidió que era una chica ordinaria; mentalmente la etiquetó como yuppie. Con una débil sonrisa la invitó a conversar. La chica sonrió a su vez:

—Ha tenido suerte de venir tan pronto porque está llenísimo. No hemos podido almorzar porque hay tipos comiendo... o algo así. Jopé, tiene que verlos, parecen Boris Karloff, ¡se lo juro! — La voz sonaba como el silbido de una tetera y hacía que la tipa carraspease. Recorriendo el pasillo con la mirada señaló a un grupo del fondo del vagón. — ¡Mire, ahí están!

Uno de los hombres devolvió la mirada y sonrió. Le faltaba un diente, pero el bigote y la barba casi no le dejaba verlos. En su gorro había una esvástica tachada, la insignia soviética, la caripela de Ronald Reagan, la foto del Che Guevara y un pin de Nirvana mal colocado.

—Sí, en serio —dijo con voz ronca—. Antes de este viaje nunca pensé que hubiese tantos en el mundo, universitarios, me refiero. No te das cuenta hasta que subes a un tren. No paro de preguntarme, ¿de dónde han salido?
—Del universo de al lado—dijo la chica, y se rió como una tonta.

Su marido se ruborizó, disculpándose.

—¿Va hasta final de trayecto, señora?
—Se supone, pero este tren es lento como..., como...
—¡Una tortuga! —exclamó la chica, y añadió, sin resuello—: Puf, no se imagina lo emocionada que estoy. Llevo todo el día pegada al paisaje. En Arkansas, de donde yo soy, todo es más bien llano, así que me da un escalofrío por todo el cuerpo cuando veo esas escarpadas. —Y volviéndose hacia su marido—: Cariño, ¿crees que estamos en California?

Él miró por la ventana, en cuyo cristal se espesaba su propio aliento. La luz del propio vagón casi le impedía ver el exterior; pero suponía la imagen traslucida de una pareja en coito entre los pastizales. Luego dos más, tres, cinco, diez… y pierde la cuenta. Un par de bananas tocando la guitarra, flores canoras, una enorme oruga intelectual fumando apio pulverizado y una furgoneta, con la leyenda “La máquina del misterio” mal estacionada, casi encima de la vía.

Evitó devolver la mirada hacia el comedor iluminado.
—D-De…Debe de ser… —conjeturó disimuladamente, y se encogió de hombros. De improviso, desde los vagones de tercera, un tipo se les acercó dando bandazos y se desplomó sobre el asiento libre de la mesa como una muñeca de trapo. Era un hombre gordo, con cables en los oídos, y el uniforme de Mc Donalds apenas aguantaba su barriga. Su cara cuadrada y de facciones toscas, formaba un grueso contraste con la del marinero, y su pelo negro, ondulado bajo el ridículo gorro insignia, parecía adherido como si se tratase de un único bloque, pero no con gomina. Sus ojos cansados escrutaron nebulosamente a los tres ocupantes de la mesa como si hubiera un biombo entre ellos, y con un gesto nervioso se tiró de los dos botones que llevaba cosidos en la manga.

La tipa se removió, incómoda, y se apretó más contra la ventanilla. Con semblante pensativo lo etiquetó de drogadicto, y al ver que la chica arrugaba la nariz supo que compartía su veredicto.

Mientras el negro con delantal blanco descargaba su bandeja, el empleado dijo:

—Lo que yo quiero son dos empanadas de carne, una de roquefort, y dos de jamón y queso.

—Aquí sólo servimos COMIDA, señor…

—Sángüiches de miga, ¿no vende?

— …

—¿Bizcochitos?

— …

—¿Pan?

El negro hurgó en su bolsillo. Sacó pedacitos de servilleta, recetas médicas, un alfajor, cebollas, manteca de cacao y un cuaderno polvoriento. Sacudió el polvo del cuaderno y se lo pasó al gordo. Era el menú.

Hubo un silencio. Luego, el gordo se acomodó el cuello y, luego de revisarlo, pidió un café.


La chica hundió el tenedor en el churrasco y lo separó del bechamel y la crema del cielo.

—¿No te parece carísimo todo lo que sirven aquí, querido?

Y entonces empezó. La cabeza del gordo empezó a balancearse con sacudidas cortas e iteradas. Hizo una pausa y con los ojos cerrados empezó a balancearse como poseído, moviendo las manos como un maricón.

—Oh, Dios mío —exclamó la chica, y la señora soltó el cuchillo de la mantequilla y automáticamente se protegió los ojos con una mano sensible. El marinero miró con aire ausente durante un momento y luego, reponiéndose enseguida, sacó un paquete de tizas.
—Toma, chico —dijo—. Mejor que fumes una, para disimular.
—¿Eh? —El empleado se despegó los auriculares de sus orejas —Ah, gracias..., muy amable —murmuró, y al levantarse chocó su rodilla contra el borde la mesa. Temblaron los cubiertos de plata, el agua desbordó de los vasos. Dejó escapar un gemido afeminado y se tomó la rodilla. Un silencio se prolongó en el aire y una carcajada lejana se esparció por el vagón, cortada en rebanadas redonditas, como el jarabe de un melón.

La chica, entonces, consciente de la atención, se alisó un mechón de pelo detrás de la oreja. La tipa levantó la mirada y se mordió el labio cuando vio que, aún sosteniendo su rodilla, trataba de encender la tiza con una mano.

—Déjeme —se ofreció ella.

La mano le temblaba tanto que en la primera, el encendedor se apagó. Cuando el segundo intento tuvo éxito esbozó una sonrisa forzada. Al cabo de un rato, él se sosegó.

—Estoy tan avergonzado... Perdóneme, por favor.
—Oh, lo comprendemos —dijo la señora—. Lo comprendemos perfectamente.
—¿Le ha dolido? —preguntó la chica.
—No… no fue nada. —dijo sosteniéndose la rodilla.
—Estaba asustada porque pensé que dolía. Lo parece, desde luego.

—No, no, no dolió

—¿Seguro?

—Si.

—¿Ni un poquito?

—No.

—¿Nada de nada?

—No.

—¿No quiere que yo…?

—No.


La señora estiró una mano y la apoyó en el brazo levantado del empleado.

—¿Puedo hacer algo? —dijo.

El gordo giró su cabeza hacia ella y volvió a despegarse los auriculares. —¿Cómo?

—Que si puedo hacer algo —dijo.

El gordo pensó un momento y luego sonrió como un enfermo.
—Lo que hacían para que parase era mirarme a los ojos..., se me pasa si miro a los ojos de alguien.

Ella inclinó la cara hacia él.

—Así —dijo él, y se calmó al instante—, así, ya. Es usted un encanto.

Se produjo un silencio. Sus ojos todavía seguían en contacto.

—¿Y adonde va ahora?
—A California.
—Allí lo esperan, ¿no?
—Sí.

La señora sintió un dolor en los dedos y aflojó de repente la presión intensa sobre el brazo del empleado.

—Allí lo están esperando y tiene que recordar que lo demás no es importante.
—Usted sí que sabe —susurró él—. La quiero. La quiero porque es muy tonta y muy inocente y porque nunca conocerá nada más que lo que ve en las películas. La quiero porque estamos en California y casi he llegado a destino.

La señora apartó la mirada bruscamente. Una tirantez ofendida se engastó en el silencio.


—¿O sea que piensa que eso es todo? —dijo él. Se inclinó sobre la mesa y se pasó la mano por la cara, soñoliento—. Hay eso, pero también hay dignidad...

Se detuvo y arqueó las cejas lujuriosamente.

La señora deslizó dos billetes de tres encima de su cuenta y empujó hacia atrás su silla.
El gordo la agarró suavemente del brazo y le susurró al oído.

—Dale, dame un beso.

—Soltame, ¿me dejás pasar, por favor? —dijo quitándose con desprecio la mano del empleado de su muñeca.

El empleado se levantó y se quedó de pie, mirando el plato intacto de la señora.

—Cómase eso, maldita sea —dijo—. ¡Tiene que comérselo!
—Cómase ésta.


Y luego de hacer el gesto, desapareció en dirección a los vagones.

Un escalofrío recorrió el cuerpo del gordo. La tipa había realmente tomado un bulto bajo el vestido. Había estado tratando de levantarse un trava…

Trabajo Práctico

El nuevo verosímil- La forma de las cosas



Una mujer menuda, blanca te con leche, pelo con permanente barato, caminó borracha hacia el asiento junto a la ventanilla. Ordenó algo para tomar y dirigió una mirada miope a través de la mesa a las dos personas que tenia en frente, donde había un travesti disfrazado de soldado y un cabo a su lado, quien le hacia masajes en la espalda y le apretaba los granitos de pus.

-Ha tenido suerte de venir tan pronto porque está llenísimo. No hemos podido almorzar porque había soldados rusos comiendo- dijo el de la hebilla rosa en el pelo- mientras su masajista le hacia un avioncito con una cucharada de sopa.

-¿Soldados? ¡Si acá veo putos nomás!

-Si- dijo el cabo - soldados putos. El soldado se subió a la mesa y empezó a bailar. ¡Vivan los putos! ¡Vivan los putos! ¡Viva Perón! Sexo, droga y rock and rollenenen. Salió corriendo mostrando sus pantalones de stripper agujereados en el trasero, gordo y peludo.

-Que mala que sos vos eh!- dice el travesti musculoso- ¡Me estaba haciendo masajes y ahora me dejo solooaaaa!

La mujer borracha seguía observando la situación con una mueca de gracia en la cara.

-¿Te quedas hasta el final del recorrido?- pregunta el trava-

- sí sí… por desgracia. Mi macho me espera-. El mozo le trajo una pera.

- Que suerte la tuya querida. Los putos no son como un buen macho, no es lo mismo viste… vos entendés.

- No la verdad que no, pero bueno. No me importa- dijo mientras se comía la pera-.

Luego de unos minutos de silencio interrumpido por el ruido de la mujer comiendo la pera y eructando, de repente aparece en habitáculo el cabo con un anillo de oro en la mano.

- Mirá lo que encontré mi amor, es para vos ¿Te querés casar con migo?-

El travesti lo miró seriamente. Observó el anillo con atención, y luego de unos segundos gritó – ¡ESO NO ES DE ORO PELOTUDO!, es chapa pintada. No me gusta. Además ¿Vivís en un termo o que? ¿No te enteraste que todavía no hay casamiento homosexual?

-NOOOOOOOOOOOOOOOOOO! Adiós, adiós mundo cruel, adiós. ¡Qué he hecho para merecer esto!- gritó el cabo arrojándose de la ventana del tren. ¡ADIOS!

- A Dios no lo vas a ver nunca boludo- dijo la mina.

Manuel Mariani

Nicolas Fichera

El nuevo verosímil- La forma de las cosas

Una mujer menuda, blanca te con leche, pelo con permanente barato, caminó borracha hacia el asiento junto a la ventanilla. Ordenó algo para tomar y dirigió una mirada miope a través de la mesa a las dos personas que tenia en frente, donde había un travesti disfrazado de soldado y un cabo a su lado, quien le hacia masajes en la espalda y le apretaba los granitos de pus.

-Ha tenido suerte de venir tan pronto porque está llenísimo. No hemos podido almorzar porque había soldados rusos comiendo- dijo el de la hebilla rosa en el pelo- mientras su masajista le hacia un avioncito con una cucharada de sopa.

-¿Soldados? ¡Si acá veo putos nomás!

-Si- dijo el cabo - soldados putos. El soldado se subió a la mesa y empezó a bailar. ¡Vivan los putos! ¡Vivan los putos! ¡Viva Perón! Sexo, droga y rock and rollenenen. Salió corriendo mostrando sus pantalones de stripper agujereados en el trasero, gordo y peludo.

-Que mala que sos vos eh!- dice el travesti musculoso- ¡Me estaba haciendo masajes y ahora me dejo solooaaaa!

La mujer borracha seguía observando la situación con una mueca de gracia en la cara.

-¿Te quedas hasta el final del recorrido?- pregunta el trava-

- sí sí… por desgracia. Mi macho me espera-. El mozo le trajo una pera.

- Que suerte la tuya querida. Los putos no son como un buen macho, no es lo mismo viste… vos entendés.

- No la verdad que no, pero bueno. No me importa- dijo mientras se comía la pera-.

Luego de unos minutos de silencio interrumpido por el ruido de la mujer comiendo la pera y eructando, de repente aparece en habitáculo el cabo con un anillo de oro en la mano.

- Mirá lo que encontré mi amor, es para vos ¿Te querés casar con migo?-

El travesti lo miró seriamente. Observó el anillo con atención, y luego de unos segundos gritó – ¡ESO NO ES DE ORO PELOTUDO!, es chapa pintada. No me gusta. Además ¿Vivís en un termo o que? ¿No te enteraste que todavía no hay casamiento homosexual?

-NOOOOOOOOOOOOOOOOOO! Adiós, adiós mundo cruel, adiós. ¡Qué he hecho para merecer esto!- gritó el cabo arrojándose de la ventana del tren. ¡ADIOS!

- A Dios no lo vas a ver nunca boludo- dijo la mina.

Manuel Mariani

Nicolas Fichera

Lo nuevo verosímil

Una mujer menuda de pollo, naranja, el pelo con permanente, recorrió baanceándose el pasillo del vagon retaurante y se acomodó en un asiento al lado de una ventanilla. Encendió un cigarro y, de a bocanadas de humo dulce, escribió en el aire el pedido que habria de hacerle al mozo. Parecia que el tren volaba.. y las caras de los pasajeros eran tan graciosas! de pronto, dirigió una mirada miope, a través de la mesa, a un marine de jengibre de mejillas coloradas y a una chica con la cara en forma de empanada... de un golpe de vista vio un anillo de oro en el dedo de la chica y una cinta de tela roja enroscada en el pelo y decidio que era una chica ordinaria: como osaba casarse con un jengibre?

-He tenido suerte de que se siente a mi lado... no he podido almorzar porque habia soldados rusos comiendo... o algo asi. Jopé, deberia haberlos visto, parecian muchos bob esponja ¡se lo juro! .. créame, empanada!

La voz sonaba como el silbido de una tetera y hacia que la mujer carraspease.

-Si, en serio -dijo-. Antes de este viaje nunca pensé que hubiese tantos en el mundo, soldados, me refiero. No te das cuenta hasta que subes a un tren. No paro de preguntarme, ¿de dónde han salido?
-De las oficinas de reclutamiento, en el fondo del pacifico.. la ciencia ha llegado lejos -dijo la chica.

-¿Va hasta final de trayecto, señora?
-Se supone, pero este tren es lento como... como...
-¡Una tortuga! - exclamó la chica, y añadió, sin resuello-: puf, no se imagina lo emocionada que estoy. Llevo todo el dia pegada al paisaje. En Arkansas, de donde yo soy, todo es más bien llano, asique me da un escalofrio por todo el cuerpo cuando veo esa montañas. -y volviéndose hacia su marido-: cariño, ¿crees que estamos en Carolina?

El miró por la ventana, en cuyo cristal se espesaba el crepúsculo. Se juntaba aprisa la luz azul y las jorobas de la colinas se mezclaban y se devolvían ecos. Desvió la mirada hacia el comedor iluminado.

-Debe de ser Virginia -conjeturó, y se encogió de hombros. De improviso, desde los vagones de tercera, un soldado se les acercó dando bandazos y se desplomó sobre el asiento libre de la mesa como una muñeca de trapo. Era un hombre bajo y el uniforme se le desbordaba en pliegues arrugados. Su cara, flaca y de facciones afiladas, formaba un pálido contraste con la del marine, y su pelo negro, cortado al rape, brillaba a la luz como una gorra de piel de foca. Sus ojos cansados escrutaron nebulosamente a los tres ocupantes de la mesa como si hubiera un biombo entre ellos, y con un gesto nervioso se tiró de los dos galones que llevaba cosidos en la manga.

La mujer se removió, incómoda, y se apretó más contra la ventanilla. Con semblante pensativo lo etiquetó de borracho, y al ver que la chica arrugaba la nariz, supo que compartia su veredicto.

Mientras el negro con delantal blanco descargaba su bandeja, el cabo dijo:

-Lo que yo quiero es café, una cafetera grande y un tazón doble de nata.

La chica hundió el tenedor en el pollo con bechamel.

-¿No te parece carísimo todo lo que sirven aqui, querido?

Y entonces empezó. La cabeza del cabo empezó a balancearse con sacudidas cortas e incontrolables. Hizo una pausa y la cabeza se le quedó grotescamente inclinada hacia delante; una convulsión muscular le inclinó el cuello hacia un costado.

La boca se le estiró de un modo horrible y se le tensaron las venas del cuello.

-Oh, dios mio -exclamó la chica, y la mujer soltó el cuchillo de la mantequilla y automaticamente se protegió los ojos con una mano sensible. El marine miró con aire ausente durante un momento y luego, reponiéndose enseguida, sacó un paquete de tabaco, un disco de música celta, sahumerios, un buda, una hamaca paraguaya, un tereré y un títere.
-Toma, chico -dijo-. Mejor que no toques nada, esto se va a poner bien feo.
-Por favor, gracias.... muy amable -murmuró el soldado, y después estampó contra la mesa un puño con los nudillos blancos. Temblaron los cubiertos de plata, el agua desbordó de los vasos. Un silencio se prolongó en el aire y una carcajada lejana se esparció por el vagón, cortada en rebanadas iguales, cual salchicha vieníssima.

La chica, entonces, consciente de la atención, se alisó un mechón de pelo detrás del repulgue. La mujer levantó la mirada y se mordió el labio pensando en que el mozo todavia no llegaba.
La mujer se avalanzó sobre la chica y no pudo evitar darle un mordiscón.

-Estoy tan avergonzada... perdóneme, por favor.
-Argh, la comprendemos -dijo el jengibre-. La comprendemos perfectamente.
-¿Le ha dolido? -preguntó la mujer.
-No, no duele.
-Estaba muerta de hambre. ¿No es como una especie de pollo con salsa blanca?
-Receta de la casa- contestó la chica.

El camarero depositó el café y la mujer trató de ayudarle. El le apartó la mano, con un pequeño empujón irritado.

-No haga eso, por favor. ¡Sé hacerlo yo!

La mujer deslizó dos billetes encima de su cuenta y empujó hacia atrás su silla.

-¿Me deja pasar, por favor? -dijo, y se fue fumando en su nave espacial del futuro.

pagella
urtubey

martes, 26 de octubre de 2010

La Fama de las Cosas

La Fama de las Cosas

Una mujer menuda, blanca, el pelo con permanente teñido de rojo, recorrió contoneándose el pasillo del vagón restaurante y se arrellanó en un asiento al lado de una ventanilla. Escribió con su labial rojo su pedido en un papel y dirigió una mirada miope a través de la mesa a una pareja que se encontraba enfrente. Escudriñó a la chica (que llevaba un irritante anillo de oro) y la etiquetó como esposa de guerra, una “mujerzuela”. No obstante la invitó a conversar.
-Ha tenido suerte de venir tan pronto porque está llenísimo. No hemos podido almorzar porque había soldados rusos comiendo, o soldados alemanes, o soldados turcos, o soldados vietnamitas, o algo así. ¡Al carajo! Debería haberlos visto, parecían Boris Karloff, se lo juro!
Su voz sonaba tan irritante como su anillo de oro (falsas promesas de su acompañante).
-Sí, en serio –dijo-. Antes de este viaje nunca pensé que hubiese tantos en el mundo, soldados, tantos soldados me refiero. No te das cuenta hasta que subes a un velero. No paro de preguntarme, ¿cuándo llegamos? Ya no me aguanto a esta sarta de chusma maloliente. ¿De dónde han salido?
-De las parrillas de reclutamiento –dijo la chica, y se rió como la tonta de la novela de la tarde.
Su marido, envuelto en una bata floreada, se ruborizó, disculpándose.
-¿Va hasta la siguiente estación, señora?
-No, me bajé en la anterior… No, se supone que hasta el final del recorrido, pero este tren es lento como… como…
-¡El Correcaminos!- exclamó la chica - Recién en el pasillo me encontré con un soldado que estuvo peleando diez años en la guerra, y ahora, con lo mal que está el ferrocarril, está tardando diez años en regresar a su patria, y añadió, sin resuello-: Puf, no se imagina lo emocionada que estoy, llevo todo el día pegada al paisaje. En Arkansas, de donde yo soy, todo es más bien llano, así que me da un escalofrío de película por todo el cuerpo cuando veo esas montañas. –Y volviéndose hacia su marido: -Cariño, ¿crees que ya estamos en Carolina, o estamos todavía en Jessica, o en Victoria?
-No tesoro, debe ser Virginia, porque ya pasamos Elsa y Filomena.
Desde los acoplados de tercera se acercó un soldado saltando a la rayuela y se desplomó en el asiento libre de la mesa con una exhalación de alcohol.
La mujer se removió, incómoda, y se apretujó más contra la ventanilla. Lo etiquetó de borracho, y al ver que la chica arrugaba la nariz supo que compartía su veredicto.
El hombre dijo: -Yo quiero una cafetera grande con café y una azucarera con azúcar… -Y entonces empezó. La cabeza del cabo empezó a sacudirse incontrolablemente, atacado por fuertes contracciones. Su cuerpo no estaba biológicamente preparado para ello, así que murió.
La mujer pagó el café.

Camila Burry
Regina Korell

domingo, 24 de octubre de 2010

El nuevo verosímil- La forma de las cosas

Una mujer menuda, tan blanca que daba impresión de moribunda, fantasmagórica, el pelo con permanente, pero con rulos descontrolados que creaban un efecto particular, haciendo que su cabeza pareciera aún más grande, recorrió balanceándose bruscamente el pasillo del vagón restaurante (a simple vista parecía haber salido hacía poco tiempo de un manicomio), y se acomodó en un asiento al lado de la ventanilla. Sacó un lápiz de su bolsillo, mas se limitó simplemente a rayonear el papel mientras esperaba que el camarero llegara a recibir su pedido, y dirigió una mirada miope, a través de la mesa, a un marine de mejillas coloradas y a una chica con la cara en forma de corazón. De un golpe de vista vio un anillo de oro que se perdía en el anular de la chica, por entre cientos de otros anillos de distintos colores y grosores que atiborraban el resto de sus dedos, de forma casi grotesca, y una cinta de tela roja enroscada en el pelo y decidió que era una chica ordinaria; mentalmente la etiquetó como esposa de guerra. Con una débil pero auténtica sonrisa la invitó a conversar. La chica sonrió a su vez, más por compromiso que por otra cosa, ya que se sintió bastante incómoda.

Ha tenido suerte de venir tan pronto porque está llenísimo. Desde que sirven estos platos tan deliciosos, el vagón se llena de gente, especialmente de soldados rusos, que arrasan con lo que haya cuando llegan, y no dejan comida para el resto de los comensales. ¡ Jopé , debería haberlos visto, parecían Boris Karloff, se lo juro!

La voz sonaba como el silbido de una tetera, aguda, irritante y hacía que la mujer carraspease.

- Sí, en serio-dijo-. Antes de este viaje nunca pensé que hubiese tantos en el mundo, soldados, me refiero. Si bien los he visto en películas de guerra y acción y todas esas cosas, nunca hubiera pensado que también estaban alrededor mío, que eran reales. Y es que desde que se emite por vía satelital, el reality show de donde salen llega a una gran cantidad de países que copian ese programa, creando más soldados.

- Yo creía que salían de oficinas de reclutamiento- dijo la chica, riéndose incómodamente y con vergüenza.

Su marido se ruborizó, disculpándose.

- ¿Va hasta el final del trayecto, señora?

- Se supone, pero este tren es lento como, como…

- ¡Una tortuga!- exclamó la chica y añadió, como apenada- me gustaría tener uno de esos relojes que acelera o atrasa el tiempo, dependiendo de las necesidades de cada uno, no? No me estaría perdiendo el último capítulo de Botineras, por ejemplo, pero bueno, no hay nada que se pueda hacer al respecto.

- Mmmm… yo tengo uno de esos relojes-contestó la mujer, y al ver como se iluminó el rostro de la joven, y como se hinchó su pecho con la esperanza de llegar a ver el final de la novela y además ver los comentarios de los actores, agregó- pero no tiene pilas.

Ante la decepción de la chica, decidió cambiar rápidamente de tema.

- ¿ Por dónde creen que estemos?¿ Podrá ser Carolina?

El hombre miró por la ventana, con un movimiento automático, y se quedó pensativo, mirando cómo el sol se escondía detrás de los carteles luminosos, todavía apagados, que informaban que se hallaban a 3 kilómetros del casino del Estado de Virginia.

- Debe ser Virginia- agregó.

- ¿Cómo lo sabes?- contestó la chica, sorprendida por las capacidades de su marido.

- Porque estaba escrito en un cartel, y porque además está por llover, y siempre llueve en Virginia.

- ¿Y eso como lo sabes?- volvió a inquirir.

- Porque anunciaron en Crónica TV que iba a haber mal tiempo en toda esta región del país.

- ¿ Y tú le crees a esos farsantes?- dijo la mujer- Quiero decir, esos meteorólogos siempre se equivocan, es más, ni si quiera son meteorólogos, son personas que van por su minuto de fama en la televisión y ni siquiera saben la diferencia entre lluvia y granizo.

- Ehmmm, disculpe que la contradiga, señora, pero yo trabajo en ese lugar y le puedo garantizar que ellos tienen la verdad.

- ¡Oh, miren!- exclamó la joven, tratando de desviar la conversación para evitar problemas.

Los tres observaron atentamente hacia la minúscula puerta que comunicaba el vagón restaurante conn los vagones de tercera. Algo se movía del otro lado, como queriendo cruzarla, pero sin lograr su objetivo. De repente se escuchó un ruido como de glóbulos rojos viajando por la sangre, y la puertecita estalló en miles de astillas, que llegaron hasta la sopa del hombre de galera amarilla que estaba sentado en el primer asiento del vagón. Por el minúsculo túnel que ahora podía verse, un soldado forcejeaba para cruzarlo y, de una vez por todas, poder ingresar al restaurante. Una vez que cruzó el túnel, se les acercó dando bandazos y se desplomó sobre el asiento libre de la mesa como una muñeca de trapo. Era un hombre bajo y el uniforme se le desbordaba en pliegues arrugados, pero de manera completamente excesiva. Su cara, flaca y de facciones afiladas y peluda, formaba un pálido contraste con la del marine, y su pelo negro, cortado al rape, pero con varias entradas en la cabeza, brillaba a la luz como una gorra de piel de foca.

La mujer, a su lado, luego de haberse apretado más contra la ventana, lo miró escrupulosamente, y observó que él también llevaba una excesiva y burda cantidad de anillos en sus dedos. Con semblante pensativo lo etiquetó de borracho, y al ver que la chica arrugaba la nariz supo que compartía su veredicto.

Mientras el negro con delantal descargaba su bandeja, el cabo dijo:

- Quiero un café, pero que esté frío por favor, y tráigame también una cafetera grande.

Los otros comensales lo miraron lastimosamente. Nuevamente, la chica inició una conversación para escapar al bache incómodo de silencio interminable que siguió al comentario del soldado, y tras darle el primer mordisco a su mcnífica triple con un combo chico de papas y coca-cola, dijo:

- ¿No te parece carísimo todo lo que sirven aquí?

Y entonces empezó. La cabeza del cabo empezó a balancearse con sacudidas cortas e incontrolables. Hizo una pausa y la cabeza se le quedó grotescamente inclinada hacia adelante. Muy lentamente comenzó a levantarla hasta dejarla quieta en el eje normal de la misma. Tras unos eternos segundos de silencio, el soldado inició un particular sonido, o más bien ruido, con los labios. Saltó rápidamente hacia el costado de la mesa, haciendo todavía ese sonido indescifrable y comenzó a mover la pelvis; del techo del vagón se abrieron unas pequeñas compuertas y bajaron muy lentamente, pero a compás, una bola de disco y seis altoparlantes, siguiendo la música de Michael Jackson.

Un baile de zombies liderado por el soldado alejó la vista de los comensales de sus respectivos platos. El hombre de la galera amarilla bailaba desaforadamente, como extasiado por la música que oía.

- ¡Oh, Dios mío!- exclamó la chica y la mujer soltó el cuchillo de la mantequilla y automáticamente se protegió los ojos con una mano sensible. El marine miró con aire ausente durante un momento, y luego, reponiéndose enseguida sacó un paquete de tabaco e intentó prenderse un cigarrillo, pero estaba tan atónito con el show que se estaba llevando a cabo frente a sus ojos que no pudo hacerlo.

- Déjame- se ofreció ella.

La mano le temblaba tanto que la primera cerilla se apagó. Cuando el segundo intento tuvo éxito esbozó una sonrisa forzada. Mientras tanto, el baile estaba llegando a su fin, las persianas del vagón se levantaron, permitiendo que una tenue luz de atardecer entrara por las ventanas, los parlantes y la bola de disco desaparecieron en el techo, y todos los viajantes volvieron a sus respectivos sitios, y retornaron a su aspecto anterior, como si nada hubiera ocurrido.

El cabo se sentó junto a la señora y la miró fijamente, esperando una respuesta respecto a su performance. La mujer apartó la mirada bruscamente. Una tirantez ofendida se engastó en el silencio. No fue necesaria ninguna palabra.

La mujer deslizó dos billetes encima de su cuenta y empujó hacia atrás su silla.

- ¿Me deja pasar, por favor?- dijo.

El cabo se levantó y se quedó de pie, mirando el plato intacto de la mujer.

- Cómase eso, maldita sea- dijo- ¡tiene que comérselo!

Y luego, sin mirar atrás, desapareció en dirección a los vagones.

La mujer pagó el café.


IBARRA OLALLA

TOZONOTTI