Me prometí no volver a llamarla y acá estoy, de nuevo con el teléfono en las manos, sin ilusión de recibir alguna respuesta. Tengo mi mirada perdida en la noche inmensa.
Me alejo el tubo de la oreja para no volver a escuchar la voz del contestador.
Cuelgo desesperanzado.
Me arden los ojos de no poder llorar.
Sé que lo nuestro se terminó hace tiempo y me siento ahogado. Prefiero salir a tomar un poco de aire porque esta casa a oscuras me sofoca, me presiona el pecho hasta dificultarme respirar.
Ya no queda ni una hoja en las ramas de los álamos; el viento helado las barre del empedrado de las calles por donde tantas veces caminamos juntos.
Camino sin rumbo entre las sombras sin dueño, procurando pisar con cuidado para no resbalarme con el verdín de los adoquines.
Sólo me acompaña el rumor de sus últimas palabras hirientes y un perro que busca una mirada de afecto.
Cuando llego a la esquina del hospital, siento un puñal que me atraviesa el pecho. Las piernas se me aflojan y, aunque me resisto, cedo lentamente hasta quedar con la cara en el piso. Temo no poder levantarme nunca más y que ella disfrute sin mi existencia. Con lentitud, dolor y bronca me levanto y me dirijo al hospital.
En la sala de espera no hay nadie. Todo está tranquilo hasta el punto de parecer un cementerio. Las paredes son tan blancas como la nieve, el aire parece de congelador, pero yo no siento frío, no siento nada.
De repente una sirena interrumpe el silencio de la madrugada y los médicos aparecen por todos lados, como las hormigas antes de la lluvia, gritan y corren. Bajan de la ambulancia a un herido, un hombre que parece estar agonizando, conectado con suero y respirador, ensangrentado. En el trayecto el hombre muere. Un médico, con menos prisa, se acerca a donde estoy sentado con intenciones de subir la camilla con el muerto por el ascensor que está junto a mí.
El médico se aleja esperando unos papeles mientras yo observo al difunto. Es un tipo de unos cuarenta y tantos años, vestido con un pulóver apolillado bordó, un pantalón todo desbraguetado que por cierto está mojado con vino tinto y orín. En uno de sus pies tiene una pantufla azul con su suela despegada y el otro pie lo tiene descalzo. Su cabello negro está todo enredado y aún su torso sangra debido a un corte; las gotas de sangre se deslizan por el cuerpo empapándolo con un tinte rojo.
Este rostro me atrapa, me hace recordar a Darío. Sí, es él. Y pensar que estaba tan bien y ahora lo veo en un estado tan decadente. No lo puedo creer.
Recuerdo que Ana siempre tuvo preferencia por él. Yo también lo hubiera elegido. Sin embargo hoy lo encuentro difunto. Y la última vez que lo vi con ella estaba tan bien.
Vuelvo a sentir el puñal en el pecho que me corta la respiración, pero nadie se ocupa de mí. No entiendo por qué tardan tanto en atenderme.
Aún con la presión en el pecho me dispongo a esperar la llegada de Ana.
Las horas siguen pasando. El dolor agudo que tenía en el pecho se ha calmado. Pero tengo una nueva sensación, algo que nunca había experimentado. Siento que mi corazón se relaja, como si se ablandara; los músculos de mi cuerpo tiemblan y una lágrima recorre mi mejilla izquierda.
Roldán Pilar
Romero Macarena
Análisis del cuento de Pilar Roldán y Macarena Romero.
ResponderEliminarEl cuento “Q.E.P.D.” está narrado en primera persona por un personaje de sexo masculino (es decir, es el personaje principal) y trata de sus dolores y pesares, no apreciamos ningún tipo de crítica social en este relato ni diálogos con otros personajes. En cuanto a la estética del cuento logra generar imágenes realmente interesantes a través de metáforas, como por ejemplo: “Las paredes son tan blancas como la nieve, el aire parece de congelador, pero yo no siento frío, no siento nada.”
Consideramos que el “Puñal en el pecho” representa dos efectos. Por un lado se refiere a un dolor físico que siente el protagonista, mientras que, por otro lado, se refiere a un dolor interno psicológico, producido por la frustración amorosa del narrador y se repite en el segundo personaje (Darío) de una forma literal
Tiene algunos fragmentos que brindan efectos de realidad como por ejemplo: “vestido con un pulóver apolillado bordó, un pantalón todo desbraguetado que por cierto está mojado con vino tinto y orín. En uno de sus pies tiene una pantufla azul con su suela despegada y el otro pie lo tiene descalzo” donde nos informa detalladamente la apariencia estética del personaje de quien se habla. Los demás detalles son sumamente importantes para comprender la realidad psicológica del personaje principal.
Interpretamos que la historia subyacente del cuento son los hechos o sucesos que produjeron que el protagonista ya no esté con Ana, y no sólo eso, sino también que ha sucedido en la relación entre el difunto y la mujer antes mencionada. La historia evidente es la que cuenta el protagonista, acerca de sus dolores y sufrimientos tras su desilusión amorosa.
Leonel Pérez y Mariana Peluso.