La mujer que acaba de entrar al bar, no es sino, Alejandra Castillo. Quizás la más deseada del barrio, hoy no está para sacar provecho de su belleza, como acostumbra a hacer. Un café, por favor. Se sentó en la mesa más cercana al ventanal, el cual guarda la ya desgastada inscripción “El Molinillo”, haciendo obvia referencia al nombre del lugar. Su mesa no era de las más escritas o talladas, aunque igualmente Alejandra se detuvo a mirar algunas de sus inscripciones. No pasaban de simples palabras de amor y corazones dibujados, pero hubo un nombre que la conmovió. En una esquina de la mesa notó un borde con su parte laqueada ya prácticamente inexistente. La parte de abajo, que estaba más clara y hundida, como si estuviese trabajada arduamente para llegar a ese nivel, guardaba el nombre de Martín, su novio. Un sentimiento profundo le brotó del pecho, pero se vio inmediatamente interrumpido por el mozo que trajo el café. Aquí esta su café señora, Muchas gracias, dijo ella con lo poco de sonido que salió de su garganta, aún anudada. Tomó un nervioso sorbo y lo dejó volcando un poco sobre el plato.
No quiso volver sobre aquella esquina, y para ello no tuvo otra opción que condenar su mirada a lo que detrás del ventanal sucedía. Gente caminando, paseando a sus mascotas. Autos, como de costumbre, haciendo sonar sus bocinas de más, aunque como rara vez ocurría con la muchacha en cuestión, no le molestaba. Lo que sí le molestó fue el zumbido de una abeja que rozó su oreja. Recordemos que estamos en verano, época en lo que estos tan poco adorados insectos toman como vicio salir a la calle en busca de algo dulce, por lo general algo líquido. Y donde se pudo haber dirigido sino al café. Pero esta, evidentemente, inexperta abeja fue a parar directamente al líquido mismo.
Extrañamente Alejandra no hizo otra cosa que observar el esfuerzo de la abeja en despegarse de este viscoso líquido. Dio unas cuantas vueltas en la taza, dando brazadas con sus alas, y cuando parecía finalmente vencido, abrumado por el peso que se le había adherido al cuerpo, logró trepar por la cuchara. Arrastrándose, y dando un par de resbalones que parecían devolverlo a su segura muerte, llegó al canto de la taza. Se tomó unos segundos y deplegó sus alas para alzar vuelo.
Una sonrisa se marcó en la cara de Alejandra, y sin pensarlo dos veces se paró de su silla y dejó un excesivo monto de plata sobre la mesa. Salió hacia la calle, y tomó un taxi. Al Hospital Francés por favor, Como no señora. Guardaba una extraña esperanza.
Agustín Basile
Francisco de Olano
Analisis de "La Abeja y la cuchara" por Micaela Jordan y Nahuel Monti
ResponderEliminarEn el texto podemos encontrar a la simbología hermeneutica, en el análisis de Jauss, cuando en la escena en que la abeja se salva del café, nos remite simbolicamente a como se salva de la muerte el novio de Alejandra.
Podemos notar también que es con final abierto, ya que Alejandra se toma un taxí para poder ir al hospital y no se sabe el desenlace de dicho suceso.
La historia subyacente es que el novio de Alejandra esta internado, y ella esta atareada por eso. La evidente está más que clara, ella se acerca a tomar un cafe.
El efecto de realidad, en la parte que ve el nombre de Martin en la mesa, y después en la escena de la abeja, la descripcíon de la misma.
Recordemos que el "efecto de realidad" se refiere a un pasaje descriptivo que tiene apariencia de ser innecesario, insignificante, y cuya única función parece ser justamente la de crear un efecto de realidad en el lector. En el caso del nombre "Martín" no me parece que corresponda a este efecto, ya que la visión del nombre desata profundos sentimientos en la protagonista, y tiene que ver con la historia subyacente.
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