Era el final de la guerra, y el tren tortuga era un hormiguero de soldados rusos.Una mujer menuda, con la piel tan blanca y pálida que se le notaban las venas azuladas que recorrían sus brazos, recorrió a pasos de elefante el vagón restaurante y se acomodó junto a la ventanilla, en un asiento con forma de pez. Observó el vagón, mientras de fondo se escuchaba, con muy mala calidad de sonido, baladas románticas cantadas por el desafinado de turno envuelto en una bata roja y moviéndose al ritmo de “Rosa rosa la maravillosa”.
Con una sonrrisa invitó a conversar a la chica cara de corazón que estaba junto a ella. No necesitó observarla mucho para afirmar que la joven era ordinaria. Su anillo de plástico dorado, el pelo de escoba teñido de un color indefinido, entre naranja y rubio, su ceñida pollera roja y la cinta roja enganchada al grasoso flequillo la caracterizaban de esa manera. Cruzaron algunas palabras pero inmediatamente la mujer se distrajo con los cachetes en forma de tomate del marine que la acompañaba. Este hombre se movía y cantaba a un volumen exagerado la melodía que el desafinado emitía en este momento. A medida que cantaba sus cachetes se ponían cada vez mas y mas rojos, hasta llegar a un color bordo que se comparaba con la bata del cantante.
Un soldado, que se asemejaba a un perro Shar-pei por su uniforme plegado y completamente arrugado, corrió a la mesa en la que estaban ubicados la mujer junto a cara de tomate y cara de corazón, interrumpiendo su cena y quitandole protagonismo al marine cantor. Se desplomó como una muñeca de trapo en el asiento y comenzó a balancearse con sacudidas cortas e incontrolables. Hizo una pausa, y mientras su cuello se tensó, se inclinó hacia un costado, vomitando la comida de la mujer y destilando un asqueroso e inevitable olor a alcohol. La mujer, asustada del soldado, corrió a los brazos del cantante que, para ese momento, estaba luciéndose con un reggeton. La ordinaria chica, por otro lado, empezó a gritar tan fuerte, que su voz de tetera hirviendo hizo callar a todo el mundo, inclusive al cabo, que gracias a eso, se aturdió y logro calmarse.
Aprovechando este momento de menos tensión, La mujer pagó la milanesa a caballo con papas fritas (ahora todas vomitadas por el soldado), y comenzó a caminar lejos del cabo. Este último, acostumbrado a no desperdiciar comida, se acomodó en el asiento de pez, se coloco la servilleta y cenó la milanesa con papas que la mujer había dejado.
En ese momento, se escucha un grito de “Corte!” que da la pauta que acaba de finalizar la escena. Se cortan las luces que ambientaban el estudio televisivo, y los productores del programa desarman la escenografía del vagón. Los actores cansados de repetir una y otra vez las escenas, para lograr lo que el director busca, se dirigen a sus camarines y se sacan su vestuario de cara de tomate y de corazón, para volver a ser las personas de siempre y dando por finalizada su jornada de trabajo se dirigen a sus casas.
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