Una mujer menuda, blanca, el pelo con permanente atado con diversas hebillas de múltiples colores, portando un largo vestido floreado, un sombrero fauve, y un tapado con tonos saturados, recorrió balanceándose el pasillo del vagón del restaurante y se acomodó elegantemente en un asiento al lado de una ventanilla. Terminó de escribir su pedido con su lapicera bañada en oro, y dirigió una mirada miope, a través de la mesa, a un marine de mejillas coloradas y a una chica con la cara en forma de corazón. Ojeó que la chica tenía un anillo de oro en el dedo, y una cinta de tela roja enroscada en el pelo y decidió que era una chica ordinaria; mentalmente la etiquetó como esposa de guerra. Con una falsa sonrisa, la dama invitó a la muchacha a conversar. Ésta sonrió a su vez:
- Tuvo suerte de venir tan rápido. Está muy lleno ¿vio? ¡Imagínese! Todavía no pudimos ni almorzar por esos soldados rusos que están ahí tragando. ¡Jopé, debería haberlos visto, parecían Boris Karloff, eran monstruosos!
Su voz sonaba como el silbido agudo y penetrante de una tetera, y hacía que la mujer carraspease.
- Sí, realmente –dijo, mientras acomodaba su cabello detrás de la oreja, y levantaba bruscamente a cabeza como en un intento de parecer elegante-. Antes de este voyage jamás pensé que hubiera tantos soldados. La gente como uno no los nota hasta que se sube a un tren. Me es imposible dejar de preguntarme de dónde han salido.
- ¿De dónde van a salir? De las oficinas de reclutamiento –dijo la chica, y se rió como una tonta.
Su marido, avergonzado, se ruborizó.
- ¿Va hasta el final del trayecto, señora?
- Sí, supuestamente. Pero este tren es lento como…, como…
- ¡Una babosa! –exclamó inescrupulosa la chica, y añadió sin resuello-: Puff, ¡no se imagina lo emocionada que estoy! Llevo todo el día pegadita al paisaje. En mi pueblo todo es más como llano, así que se me pone la carne de gallina cuando veo esas montañotas. –Y volviéndose a su marido-: Cariño, ¿crees que estamos en Carolina?
Él miró por la ventana, en cuyo cristal se espesaba el crepúsculo. Desvió la mirada hacia el comedor iluminado.
-Debe de ser Virginia –conjeturó y se encogió de hombros. De pronto, desde los vagones de tercera, un soldado se les acercó dando bandazos y se desplomó sobre el asiento libre de la mesa como una muñeca de trapo. Era un hombre bajo y el uniforme se le desbordaba en pliegues arrugados. Su cara, flaca y de facciones afiladas, formaba un pálido contraste con la del marine, y su pelo negro, cortado al rape, brillaba a la luz como una gorra de piel de foca. Sus ojos cansados escrutaron nebulosamente a los tres ocupantes de la mesa como si hubiera un biombo entre ellos, y con un gesto nervioso se tiró de los dos galones que llevaba cosidos en la manga.
La mujer se removió en el lugar, en un intento de mostrarse incómoda, y se apretó más contra la ventanilla. Con semblante pensativo lo etiquetó de borracho, y al ver que la muchacha arrugaba la nariz, concluyó que ésta coincidía en su juicio.
Mientras el negro con delantal blanco descargaba su bandeja, el cabo dijo:
-Lo que yo quiero es café, una cafetera enorme, con cinco litros de café bien fuerte, tres tazones dobles de nata, y una considerable bandeja de manteca para poder untar abundantemente sobre las tostadas. ¡Ah, y, por favor, agréguele una porción de torta de chocolate para complementar! Por último, un licuado de bananas.
La chica hundió el tenedor en el pollo con bechamel.
-¿No te parece carísimo todo lo que sirven aquí, querido?
Y entonces empezó. La cabeza del cabo comenzó a balancearse con sacudidas cortas e incontrolables. Hizo una pausa y la cabeza se le quedó grotescamente inclinada hacia adelante; una convulsión muscular le impulsó el cuello hacia un costado. La boca se le estiró de un modo horrible y se le tensaron las venas del cuello.
-¡Oh, Dios mío! –exclamó la chica, y la mujer soltó el cuchillo de la manteca y tan rápido como pudo se protegió los ojos con una mano, mirando a la chica con una exagerada expresión de horror en su rostro. El marine miró con aire ausente durante un momento y luego, reponiéndose enseguida, sacó un paquete de tabaco.
-Toma, chico –dijo-. Mejor que fumes uno.
-Por favor, gracias…, muy amable –murmuró el soldado, y después estampó contra la mesa un puño con los nudillos blancos. Temblaron los cubiertos de plata, el agua desbordó de los vasos. Un silencio se prolongó en el aire y una carcajada lejana se esparció por el vagón.
La chica, entonces, consciente de la atención, se acomodó levemente la falda. La mujer levantó la mirada bruscamente, y vio al cabo tratar de encender el cigarrillo. Luego de pensar cómo reaccionar para no desentonar con la situación, decidió morderse el labio y rascarse suavemente el brazo, con un aire de preocupación.
-Déjeme –se ofreció ella, considerando que ese gesto de compasión podría ser interpretado positivamente por los espectadores.
Hizo temblar su mano descomunalmente, de forma tal que la primera cerilla se apagó. Consideró que un intento era suficiente para demostrar inquietud, y al lograr encender el cigarrillo con la segunda cerilla, esbozó una sonrisa forzada. Al cabo de un rato, él se sosegó.
-Estoy tan avergonzado… Perdóneme, por favor.
-Oh, lo comprendemos –dijo la mujer, pretendiendo que su presencia no le producía un rechazo absoluto-. Lo comprendemos perfectamente.
-¿Le ha dolido? –preguntó la chica.
-No, no duele.
-Estaba asustada porque pensé que dolía. Realmente parece que duele. ¿No es como el hipo?
Dio un respingo súbito, como si alguien le hubiese dado una patada.
El cabo recorrió con el dedo el borde de la mesa y poco después dijo:
-Estaba bien hasta que subí al tren. Me dijeron que estaría bien. Me dijeron: «Estás bien, soldado.» Pero es la emoción, saber que ya estás en tu país y libre y que la maldita espera ha terminado.
Se frotó un ojo.
-Lo siento –dijo.
El camarero depositó el café y la mujer visiblemente trató de ayudarle. Él le apartó la mano, con un pequeño empujón irritado.
-¡No haga eso, por favor! ¡Se hacerlo yo!
Avergonzada por la situación, y con temor de haber sido demasiado evidente, la mujer se volvió hacia la ventanilla y se miró a sí misma reflejada en ella. Empezó a pensar si las otras personas ya habrían notado que su compasión no era sincera, que su elegancia no era verdadera, y que su vida estaba dedicada a la actuación. Encauzando sus pensamientos hacia otro sitio, siguió el trayecto solemne del tenedor del marine desde el plato hasta la boca. La chica comía ahora con voracidad, pero a la mujer se le enfriaba la comida. Notó por la actitud de los demás que habían pasado el hecho de largo.
Entonces empezó otra vez, aunque no fue tan violento como antes. En el resplandor crudo del foco de un tren que se acercaba, se tornó borroso el reflejo de la cara, y la mujer suspiró.
Él estaba jurando en voz baja y sonaba más como si rezase. Se agarró como un poseso los lados de la cabeza entre el fuerte torno de las manos.
-Oye, chico, más vale que te vea un médico –sugirió el marine.
La mujer estiró una mano y la apoyó en el brazo levantado del cabo, esta vez más disimuladamente.
-¿Puedo hacer algo? –dijo, expectante.
-Lo que hacían para que parase era mirarme a los ojos…, se me pasa si miro a los ojos de alguien.
Ella inclinó forzosamente la cara hacia él.
-Así –dijo él, y se calmó al instante-, así, ya. Es usted un encanto.
-¿Dónde fue? –inquirió ella, regocijada por el comentario del soldado.
Él frunció el ceño y dijo:
-Hubo cantidad de sitios…, son mis nervios. Están destrozados.
-¿Y adónde va ahora?
-A Virginia.
-Allí está su casa, ¿no? –preguntó la mujer, creyéndose así más simpática.
-Sí, allí está.
Sintió los dedos cansados de apretar intensamente el brazo del cabo, y consideró que no era necesario seguir haciéndolo.
-Allí está su casa y tiene que recordar que lo demás no es importante.
-Usted sí que sabe –susurró él-. La quiero. La quiero porque es muy tonta y muy inocente y porque nunca conocerá nada más que lo que ve en las películas. La quiero porque estamos en Virginia, y casi he llegado a casa.
La mujer apartó la mirada bruscamente. Se sintió ofendida por el soldado, y la invadió un impulso por gritarle lo patético que le resultaba, pero en seguida logró mantener la calma, y sus palabras no trascendieron de sus pensamientos.
-¿O sea que piensa que eso es todo? –dijo él. Se inclinó sobre la mesa y se pasó la mano por la cara, soñoliento-. Hay eso, pero también hay dignidad. Y cuando pasa delante de gente que conozco de siempre, ¿entonces qué? ¿Cree que quiero sentarme a la mesa con ellos o con alguien como usted y producirles náuseas? ¿Cree que quiero asustar a una niña como ésta de aquí y meterle ideas en la cabeza sobre su hombre? He esperado meses, y me dicen que estoy bien pero la primera vez…
Se detuvo y arqueó las cejas.
La mujer deslizó dos billetes encima de su cuenta y empujó hacia atrás su silla, sintiéndose humillada.
-¿Me deja pasar, por favor? –dijo.
El cabo se levantó y se quedó de pie, mirando el plato intacto de la mujer.
-Cómase eso, maldita sea –dijo-. ¡Tiene que comérselo!
Y luego, sin mirar atrás, desapareció en dirección a los vagones.
La mujer pagó el café.
Este Blog fue creado para publicar las producciones literarias de los alumnos del Seminario, y para que sus compañeros las comenten.
domingo, 24 de octubre de 2010
"El nuevo verosímil"
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