sábado, 23 de octubre de 2010

Trabajo sobre "El nuevo verosímil"

Una mujer menuda, blanca teta, el pelo con permanente y hebillas de colores con flores y pájaros y uñas esculpidas –qué se yo de qué colores- recorrió, balanceando exageradamente sus grandes nalgas, el pasillo del vagón restaurante. Se acomodó en un asiento al lado de una ventanilla desde donde se veía el hermoso paisaje, lleno de montañas con lagos cubiertos de árboles y flores, peces de colores que saltaban por encima de pequeños puentes, con casas de altísimas columnas de mármol veteado y chimeneas de ladrillo humeantes. La mujer se emocionó al ver tan divino lugar, parecía un cuento, lleno de hadas y faunos saltando. En su misma mesa se encontraban un marino y una chica, tan ordinaria que se había ido al comedor en pantuflas. Como era costumbre en ella, luego de ordenar su comida, sacó conversación.

-¿Vieron la pelea de ayer?

-Sí, durísima.

-Fort ya parece un profesional, deberían pagarle más.

-¡Totalmente!, esos tatuajes me vuelven loca además… mucho más que mi marido en bolas.

-Más que cualquiera, ¡seguro!

El marino aburrido de la conversación, empezó a frotar y lustrar sus músculos, enormes protuberancias, aún más que las de Ricky. La orquesta -que ahora tocaba la novena sinfonía- sonaba al fondo del vagón, y las mujeres seguían hablando cada vez más fuerte al no poder escucharse. Su voz era como un constante cacareo. El marino había sacado una lustradora de su bolso de mano, y comenzó a pasársela sobre el pecho, en donde tenía un tatuaje de corazón cruzado por una flecha y más abajo la letra de “El taxista”, de Ricardo Arjona, su más grande ídolo. En ese mismo momento aparecieron nuevamente en el vagón los soldados rusos, algunos con grandes gorros de piel y vendiendo relojes de Ben 10, otros bailando al compás de la novena, algunos jugando a las bolitas, otros tocándoselas. Venían a admirar los tatuajes del marino.

Minutos más tarde comenzaron a escucharse aplausos y ovaciones desde el vagón siguiente, ruidos de cámaras fotográficas y flashes.

-Debe de ser Virginia… Gallardo.

-¡¡¡¡¡¡Oh, sí. Y está viniendo hacia acá!!!!!!

Virginia entró al vagón de las mujeres en un caballo blanco con torzadas en su cabello, luciendo un flamante vestido de lentejuelas rojas largo hasta los pies y un tajo hasta la rodilla desde donde se veía una larga trenza de vello. Y detrás de ella, el superstar, el gran rey de la farándula, recibido con trompetas, palomas blancas y alfombra roja. Ricky entró al vagón desfilando en un monopatín dorado y vestido de soldado, escoltado por un negro vestido de blanco bailando merengue.

En ese momento, las dos mujeres del vagón dieron un salto hasta donde se encontraba él, al igual que el resto de mujeres que allí se encontraban (y también los hombres).

Una encima de la otra comenzaron a empujarse, a apretarse cada vez más y más hasta llegar a Ricky, hasta tocarle tan solo una mano. El vagón empezó a bambolearse, las mujeres gritaban y el caballo de Virginia empezó a volverse loco. Se armó alto bardo.

Y entonces empezó. La cabeza de Ricky empezó a balancearse con sacudidas cortas e incontrolables. Hizo una pausa y la cabeza se le quedó grotescamente inclinada hacia delante; una convulsión muscular le impulsó el cuello hacia un costado. La boca se le estiró de un modo horrible y se le tensaron las venas del cuello.

Las mujeres seguían gritando y saltando hasta llegar a él. En medio del gran revuelo, empujaron de tal manera el caballo que la platinada peluca de Virginia salió volando por los aires.

-¡Paren, radicales!- gritó Virginia, que ya no tenía voz de Virginia, sino de Cacho.

El vagón entero quedó estupefacto ante ella, o él. Hombres y mujeres miraban con ojos como platos hacia “Virginia”, que bajó tan rápidamente del caballo que por un segundo se le escapó la tortuga. A grandes zancadas llegó hasta la mujer en pantuflas que había alcanzado a agarrar su peluca y de un manotazo se la arrancó de las manos.

-Harta, me tienen…- sentenció. Prendió un cigarrillo caminando hacia la puerta, con las piernas arqueadas – con las bolas entre paréntesis, por decirlo de otra manera- por el caballo y salió.

Las dos mujeres salieron del vagón hacia sus habitaciones, todavía estupefactas y algo decepcionadas.

-Bueno, al menos nos fuimos sin pagar…-

Fin.


Milena Harry

Tomas Laguens

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