martes, 26 de octubre de 2010

La Fama de las Cosas

La Fama de las Cosas

Una mujer menuda, blanca, el pelo con permanente teñido de rojo, recorrió contoneándose el pasillo del vagón restaurante y se arrellanó en un asiento al lado de una ventanilla. Escribió con su labial rojo su pedido en un papel y dirigió una mirada miope a través de la mesa a una pareja que se encontraba enfrente. Escudriñó a la chica (que llevaba un irritante anillo de oro) y la etiquetó como esposa de guerra, una “mujerzuela”. No obstante la invitó a conversar.
-Ha tenido suerte de venir tan pronto porque está llenísimo. No hemos podido almorzar porque había soldados rusos comiendo, o soldados alemanes, o soldados turcos, o soldados vietnamitas, o algo así. ¡Al carajo! Debería haberlos visto, parecían Boris Karloff, se lo juro!
Su voz sonaba tan irritante como su anillo de oro (falsas promesas de su acompañante).
-Sí, en serio –dijo-. Antes de este viaje nunca pensé que hubiese tantos en el mundo, soldados, tantos soldados me refiero. No te das cuenta hasta que subes a un velero. No paro de preguntarme, ¿cuándo llegamos? Ya no me aguanto a esta sarta de chusma maloliente. ¿De dónde han salido?
-De las parrillas de reclutamiento –dijo la chica, y se rió como la tonta de la novela de la tarde.
Su marido, envuelto en una bata floreada, se ruborizó, disculpándose.
-¿Va hasta la siguiente estación, señora?
-No, me bajé en la anterior… No, se supone que hasta el final del recorrido, pero este tren es lento como… como…
-¡El Correcaminos!- exclamó la chica - Recién en el pasillo me encontré con un soldado que estuvo peleando diez años en la guerra, y ahora, con lo mal que está el ferrocarril, está tardando diez años en regresar a su patria, y añadió, sin resuello-: Puf, no se imagina lo emocionada que estoy, llevo todo el día pegada al paisaje. En Arkansas, de donde yo soy, todo es más bien llano, así que me da un escalofrío de película por todo el cuerpo cuando veo esas montañas. –Y volviéndose hacia su marido: -Cariño, ¿crees que ya estamos en Carolina, o estamos todavía en Jessica, o en Victoria?
-No tesoro, debe ser Virginia, porque ya pasamos Elsa y Filomena.
Desde los acoplados de tercera se acercó un soldado saltando a la rayuela y se desplomó en el asiento libre de la mesa con una exhalación de alcohol.
La mujer se removió, incómoda, y se apretujó más contra la ventanilla. Lo etiquetó de borracho, y al ver que la chica arrugaba la nariz supo que compartía su veredicto.
El hombre dijo: -Yo quiero una cafetera grande con café y una azucarera con azúcar… -Y entonces empezó. La cabeza del cabo empezó a sacudirse incontrolablemente, atacado por fuertes contracciones. Su cuerpo no estaba biológicamente preparado para ello, así que murió.
La mujer pagó el café.

Camila Burry
Regina Korell

1 comentario:

  1. ¡Jajaja! ¡Che, qué chistoso! Yo agarré el primero que vi y me resulto divertidísimo.
    No sé, en cuanto a la acumulación yo la hubiera vestido de colorado con botas carmesí, y las uñas pintadas color bermellón. Exageradísimo.
    La inadecuación... no sé si es que a mí me cuesta o qué. Yo elegí describir una marcada diferencia entre las dos mujeres, que uno de los perfiles no tuviera nada que ver con el entorno. Aunque el marido en bata floreada estaba desubicadísimo.
    La inautenticidad me resultó clara. Creo que para hacer esta parte, la tintura y los anillos vienen "como anillo al dedo". Son ideales para marcar caretas.
    Igual, lo mejor de todo sigue siendo reirse.

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