Modificación Kitsch sobre “La forma de las cosas”
De Truman Capote
Por Luciano Ocampo
Una señora alta, el pelo con permanente blanco, recorrió balanceándose el pasillo del vagón restaurante y se acomodó en un asiento al lado de una ventanilla. Terminó de escribir a mano su pedido y dirigió una mirada telescópica, a todo color, a través de la mesa, a un marinero de mejillas coloradas y a una chica con la cara en forma de corazón. De un golpe de vista vio un anillo de oro en el dedo de la chica y una cinta de tela roja enroscada en el pelo y decidió que era una chica ordinaria; mentalmente la etiquetó como yuppie. Con una débil sonrisa la invitó a conversar. La chica sonrió a su vez:
—Ha tenido suerte de venir tan pronto porque está llenísimo. No hemos podido almorzar porque hay tipos comiendo... o algo así. Jopé, tiene que verlos, parecen Boris Karloff, ¡se lo juro! — La voz sonaba como el silbido de una tetera y hacía que la tipa carraspease. Recorriendo el pasillo con la mirada señaló a un grupo del fondo del vagón. — ¡Mire, ahí están!
Uno de los hombres devolvió la mirada y sonrió. Le faltaba un diente, pero el bigote y la barba casi no le dejaba verlos. En su gorro había una esvástica tachada, la insignia soviética, la caripela de Ronald Reagan, la foto del Che Guevara y un pin de Nirvana mal colocado.
—Sí, en serio —dijo con voz ronca—. Antes de este viaje nunca pensé que hubiese tantos en el mundo, universitarios, me refiero. No te das cuenta hasta que subes a un tren. No paro de preguntarme, ¿de dónde han salido?
—Del universo de al lado—dijo la chica, y se rió como una tonta.
Su marido se ruborizó, disculpándose.
—¿Va hasta final de trayecto, señora?
—Se supone, pero este tren es lento como..., como...
—¡Una tortuga! —exclamó la chica, y añadió, sin resuello—: Puf, no se imagina lo emocionada que estoy. Llevo todo el día pegada al paisaje. En Arkansas, de donde yo soy, todo es más bien llano, así que me da un escalofrío por todo el cuerpo cuando veo esas escarpadas. —Y volviéndose hacia su marido—: Cariño, ¿crees que estamos en California?
Él miró por la ventana, en cuyo cristal se espesaba su propio aliento. La luz del propio vagón casi le impedía ver el exterior; pero suponía la imagen traslucida de una pareja en coito entre los pastizales. Luego dos más, tres, cinco, diez… y pierde la cuenta. Un par de bananas tocando la guitarra, flores canoras, una enorme oruga intelectual fumando apio pulverizado y una furgoneta, con la leyenda “La máquina del misterio” mal estacionada, casi encima de la vía.
Evitó devolver la mirada hacia el comedor iluminado.
—D-De…Debe de ser… —conjeturó disimuladamente, y se encogió de hombros. De improviso, desde los vagones de tercera, un tipo se les acercó dando bandazos y se desplomó sobre el asiento libre de la mesa como una muñeca de trapo. Era un hombre gordo, con cables en los oídos, y el uniforme de Mc Donalds apenas aguantaba su barriga. Su cara cuadrada y de facciones toscas, formaba un grueso contraste con la del marinero, y su pelo negro, ondulado bajo el ridículo gorro insignia, parecía adherido como si se tratase de un único bloque, pero no con gomina. Sus ojos cansados escrutaron nebulosamente a los tres ocupantes de la mesa como si hubiera un biombo entre ellos, y con un gesto nervioso se tiró de los dos botones que llevaba cosidos en la manga.
La tipa se removió, incómoda, y se apretó más contra la ventanilla. Con semblante pensativo lo etiquetó de drogadicto, y al ver que la chica arrugaba la nariz supo que compartía su veredicto.
Mientras el negro con delantal blanco descargaba su bandeja, el empleado dijo:
—Lo que yo quiero son dos empanadas de carne, una de roquefort, y dos de jamón y queso.
—Aquí sólo servimos COMIDA, señor…
—Sángüiches de miga, ¿no vende?
— …
—¿Bizcochitos?
— …
—¿Pan?
El negro hurgó en su bolsillo. Sacó pedacitos de servilleta, recetas médicas, un alfajor, cebollas, manteca de cacao y un cuaderno polvoriento. Sacudió el polvo del cuaderno y se lo pasó al gordo. Era el menú.
Hubo un silencio. Luego, el gordo se acomodó el cuello y, luego de revisarlo, pidió un café.
La chica hundió el tenedor en el churrasco y lo separó del bechamel y la crema del cielo.
—¿No te parece carísimo todo lo que sirven aquí, querido?
Y entonces empezó. La cabeza del gordo empezó a balancearse con sacudidas cortas e iteradas. Hizo una pausa y con los ojos cerrados empezó a balancearse como poseído, moviendo las manos como un maricón.
—Oh, Dios mío —exclamó la chica, y la señora soltó el cuchillo de la mantequilla y automáticamente se protegió los ojos con una mano sensible. El marinero miró con aire ausente durante un momento y luego, reponiéndose enseguida, sacó un paquete de tizas.
—Toma, chico —dijo—. Mejor que fumes una, para disimular.
—¿Eh? —El empleado se despegó los auriculares de sus orejas —Ah, gracias..., muy amable —murmuró, y al levantarse chocó su rodilla contra el borde la mesa. Temblaron los cubiertos de plata, el agua desbordó de los vasos. Dejó escapar un gemido afeminado y se tomó la rodilla. Un silencio se prolongó en el aire y una carcajada lejana se esparció por el vagón, cortada en rebanadas redonditas, como el jarabe de un melón.
La chica, entonces, consciente de la atención, se alisó un mechón de pelo detrás de la oreja. La tipa levantó la mirada y se mordió el labio cuando vio que, aún sosteniendo su rodilla, trataba de encender la tiza con una mano.
—Déjeme —se ofreció ella.
La mano le temblaba tanto que en la primera, el encendedor se apagó. Cuando el segundo intento tuvo éxito esbozó una sonrisa forzada. Al cabo de un rato, él se sosegó.
—Estoy tan avergonzado... Perdóneme, por favor.
—Oh, lo comprendemos —dijo la señora—. Lo comprendemos perfectamente.
—¿Le ha dolido? —preguntó la chica.
—No… no fue nada. —dijo sosteniéndose la rodilla.
—Estaba asustada porque pensé que dolía. Lo parece, desde luego.
—No, no, no dolió
—¿Seguro?
—Si.
—¿Ni un poquito?
—No.
—¿Nada de nada?
—No.
—¿No quiere que yo…?
—No.
La señora estiró una mano y la apoyó en el brazo levantado del empleado.
—¿Puedo hacer algo? —dijo.
El gordo giró su cabeza hacia ella y volvió a despegarse los auriculares. —¿Cómo?
—Que si puedo hacer algo —dijo.
El gordo pensó un momento y luego sonrió como un enfermo.
—Lo que hacían para que parase era mirarme a los ojos..., se me pasa si miro a los ojos de alguien.
Ella inclinó la cara hacia él.
—Así —dijo él, y se calmó al instante—, así, ya. Es usted un encanto.
Se produjo un silencio. Sus ojos todavía seguían en contacto.
—¿Y adonde va ahora?
—A California.
—Allí lo esperan, ¿no?
—Sí.
La señora sintió un dolor en los dedos y aflojó de repente la presión intensa sobre el brazo del empleado.
—Allí lo están esperando y tiene que recordar que lo demás no es importante.
—Usted sí que sabe —susurró él—. La quiero. La quiero porque es muy tonta y muy inocente y porque nunca conocerá nada más que lo que ve en las películas. La quiero porque estamos en California y casi he llegado a destino.
La señora apartó la mirada bruscamente. Una tirantez ofendida se engastó en el silencio.
—¿O sea que piensa que eso es todo? —dijo él. Se inclinó sobre la mesa y se pasó la mano por la cara, soñoliento—. Hay eso, pero también hay dignidad...
Se detuvo y arqueó las cejas lujuriosamente.
La señora deslizó dos billetes de tres encima de su cuenta y empujó hacia atrás su silla.
El gordo la agarró suavemente del brazo y le susurró al oído.
—Dale, dame un beso.
—Soltame, ¿me dejás pasar, por favor? —dijo quitándose con desprecio la mano del empleado de su muñeca.
El empleado se levantó y se quedó de pie, mirando el plato intacto de la señora.
—Cómase eso, maldita sea —dijo—. ¡Tiene que comérselo!
—Cómase ésta.
Y luego de hacer el gesto, desapareció en dirección a los vagones.
Un escalofrío recorrió el cuerpo del gordo. La tipa había realmente tomado un bulto bajo el vestido. Había estado tratando de levantarse un trava…
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