Una mujer menuda de pollo, naranja, el pelo con permanente, recorrió baanceándose el pasillo del vagon retaurante y se acomodó en un asiento al lado de una ventanilla. Encendió un cigarro y, de a bocanadas de humo dulce, escribió en el aire el pedido que habria de hacerle al mozo. Parecia que el tren volaba.. y las caras de los pasajeros eran tan graciosas! de pronto, dirigió una mirada miope, a través de la mesa, a un marine de jengibre de mejillas coloradas y a una chica con la cara en forma de empanada... de un golpe de vista vio un anillo de oro en el dedo de la chica y una cinta de tela roja enroscada en el pelo y decidio que era una chica ordinaria: como osaba casarse con un jengibre?
-He tenido suerte de que se siente a mi lado... no he podido almorzar porque habia soldados rusos comiendo... o algo asi. Jopé, deberia haberlos visto, parecian muchos bob esponja ¡se lo juro! .. créame, empanada!
La voz sonaba como el silbido de una tetera y hacia que la mujer carraspease.
-Si, en serio -dijo-. Antes de este viaje nunca pensé que hubiese tantos en el mundo, soldados, me refiero. No te das cuenta hasta que subes a un tren. No paro de preguntarme, ¿de dónde han salido?
-De las oficinas de reclutamiento, en el fondo del pacifico.. la ciencia ha llegado lejos -dijo la chica.
-¿Va hasta final de trayecto, señora?
-Se supone, pero este tren es lento como... como...
-¡Una tortuga! - exclamó la chica, y añadió, sin resuello-: puf, no se imagina lo emocionada que estoy. Llevo todo el dia pegada al paisaje. En Arkansas, de donde yo soy, todo es más bien llano, asique me da un escalofrio por todo el cuerpo cuando veo esa montañas. -y volviéndose hacia su marido-: cariño, ¿crees que estamos en Carolina?
El miró por la ventana, en cuyo cristal se espesaba el crepúsculo. Se juntaba aprisa la luz azul y las jorobas de la colinas se mezclaban y se devolvían ecos. Desvió la mirada hacia el comedor iluminado.
-Debe de ser Virginia -conjeturó, y se encogió de hombros. De improviso, desde los vagones de tercera, un soldado se les acercó dando bandazos y se desplomó sobre el asiento libre de la mesa como una muñeca de trapo. Era un hombre bajo y el uniforme se le desbordaba en pliegues arrugados. Su cara, flaca y de facciones afiladas, formaba un pálido contraste con la del marine, y su pelo negro, cortado al rape, brillaba a la luz como una gorra de piel de foca. Sus ojos cansados escrutaron nebulosamente a los tres ocupantes de la mesa como si hubiera un biombo entre ellos, y con un gesto nervioso se tiró de los dos galones que llevaba cosidos en la manga.
La mujer se removió, incómoda, y se apretó más contra la ventanilla. Con semblante pensativo lo etiquetó de borracho, y al ver que la chica arrugaba la nariz, supo que compartia su veredicto.
Mientras el negro con delantal blanco descargaba su bandeja, el cabo dijo:
-Lo que yo quiero es café, una cafetera grande y un tazón doble de nata.
La chica hundió el tenedor en el pollo con bechamel.
-¿No te parece carísimo todo lo que sirven aqui, querido?
Y entonces empezó. La cabeza del cabo empezó a balancearse con sacudidas cortas e incontrolables. Hizo una pausa y la cabeza se le quedó grotescamente inclinada hacia delante; una convulsión muscular le inclinó el cuello hacia un costado.
La boca se le estiró de un modo horrible y se le tensaron las venas del cuello.
-Oh, dios mio -exclamó la chica, y la mujer soltó el cuchillo de la mantequilla y automaticamente se protegió los ojos con una mano sensible. El marine miró con aire ausente durante un momento y luego, reponiéndose enseguida, sacó un paquete de tabaco, un disco de música celta, sahumerios, un buda, una hamaca paraguaya, un tereré y un títere.
-Toma, chico -dijo-. Mejor que no toques nada, esto se va a poner bien feo.
-Por favor, gracias.... muy amable -murmuró el soldado, y después estampó contra la mesa un puño con los nudillos blancos. Temblaron los cubiertos de plata, el agua desbordó de los vasos. Un silencio se prolongó en el aire y una carcajada lejana se esparció por el vagón, cortada en rebanadas iguales, cual salchicha vieníssima.
La chica, entonces, consciente de la atención, se alisó un mechón de pelo detrás del repulgue. La mujer levantó la mirada y se mordió el labio pensando en que el mozo todavia no llegaba.
La mujer se avalanzó sobre la chica y no pudo evitar darle un mordiscón.
-Estoy tan avergonzada... perdóneme, por favor.
-Argh, la comprendemos -dijo el jengibre-. La comprendemos perfectamente.
-¿Le ha dolido? -preguntó la mujer.
-No, no duele.
-Estaba muerta de hambre. ¿No es como una especie de pollo con salsa blanca?
-Receta de la casa- contestó la chica.
El camarero depositó el café y la mujer trató de ayudarle. El le apartó la mano, con un pequeño empujón irritado.
-No haga eso, por favor. ¡Sé hacerlo yo!
La mujer deslizó dos billetes encima de su cuenta y empujó hacia atrás su silla.
-¿Me deja pasar, por favor? -dijo, y se fue fumando en su nave espacial del futuro.
pagella
urtubey
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.